La jornada de ayer fue rara. Como el día no era ni del todo festivo ni totalmente laborable, los profetas del sí o del no al Estatuto dudaron si ponerse el uniforme de los fines de semana o el traje de los lunes. El que más madrugó fue Joan Saura, que fue despertado por Josep Cuní en TV-3. Informal y sin corbata, Saura dijo que es el momento de optar por un país victimista o alegre. Cuando dijo lo de país alegre me imaginé a Carlinhos Brown ocupando eternamente el paseo de Gràcia. También habló de un nuevo horizonte, una de esas metáforas que mosquean, ya que el horizonte es, por naturaleza, inalcanzable. En Lleida, y siguiendo la moda de demostrar que el AVE sirve para algo, una elegante Esperanza Aguirre acudió para echarle una mano a un Piqué descorbatado. Cuatro saludos, dos visitas y el plato fuerte: una conferencia de prensa en la que soltar algún mensaje digno de ser amplificado. En este caso, el mensaje de Aguirre fue de lo más actual. Como el Estatuto insiste en condenar el franquismo, Aguirre se preguntó si la izquierda que gobierna Cataluña había perdido perdón por el Gulag, ya que, antaño, había defendido el marxismo. Es el problema del pasado: pringa a todo el mundo.
En Convergència i Unió también andan obsesionados con el pasado. En el anuncio televisivo de su formación (los llaman espacios gratuitos de propaganda electoral; con lo que nos cuestan, lo de gratuito suena a cachondeo), Artur Mas dice: "No ens podem quedar aturats a l'any 1979". Y, sin embargo, 1979 no fue un año tan malo. Idi Amin Dadá y el Sha fueron derrocados, la masonería fue legalizada y murió John Wayne. Algunos incluso daríamos lo que fuera por volver a aquella juventud, una juventud en la que fuimos tan ingenuos que incluso creíamos en el Estatuto de entonces. Que ya es creer.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2006