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Tribuna:

Naciones crustáceo

Karl Polanyi hablaba de las naciones crustáceo. Las querellas del Estatuto me han recordado esta idea. Una nación crustáceo es la que tiene un caparazón cada vez más fino y poroso y un número cada vez mayor de extremidades prensiles con las que quiere llegar a todas partes, aunque con tanto instrumento le cueste moverse. España por la erosión hacia lo supranacional y hacia lo local y Cataluña porque nunca ha alcanzado la velocidad de crucero como nación tienen los caparazones casi transparentes, pero como todos los proyectos burocráticos modernos, han visto multiplicar sus extremidades. Al estar una nación inscrita en la otra, hay un verdadero lío de extremidades entrelazadas que hace difícil avanzar sin que alguna de ellas se rompa. El enrevesado Estatuto que se somete a referéndum es una expresión de este lío. De aquí que el capítulo de las competencias sea probablemente el más importante. Y el más confuso. Porque el embrollo de las competencias exclusivas, las propias y las compartidas, es difícil de desentrañar y acabará más de una vez en los tribunales.

Al estar una nación inscrita en la otra, hay un verdadero lío de extremidades entrelazadas que hace difícil avanzar sin que alguna de ellas se rompa. El enrevesado Estatuto que se somete a referéndum es una expresión de este lío

La imbricación entre crustáceos -el mayor y los menores- tiene mucho de relación simbiótica, aunque la parte pequeña niegue el carácter simétrico de los beneficios y la mayor se sienta a veces extorsionada. La interrelación es tan estrecha que unos crustáceos llaman a otros, con lo cual el enredo de extremidades se multiplica. Aunque algunos crustáceos pugnen por separarse, el mundo camina hacia interrelaciones cada vez más complejas, y ni siquiera las naciones irredentas escaparán a ellas. En este barullo, las desventuras de la nación crustáceo vasca han venido a interferir en el referéndum catalán. Con gran satisfacción de los partidarios del porque, como es sabido, en Cataluña toda obra de teatro que tenga al Partido Popular como malo encuentra el aplauso general.

El no del PP al Estatuto se ha entrelazado con la retirada del apoyo del PP a Zapatero en la negociación para el fin de la violencia en Euskadi. De modo que el no al Estatuto se puede confundir con el no al llamado proceso de paz. Más argumentos para el sí. El PP acusa al PSOE de tejer una estrategia para aislarlo completamente. De ser así, su decisión de alejarse del consenso ante el fin de la violencia no sólo es un error, sino una estupidez: ¿cómo se explica que alguien que conoce la trampa que le prepara el adversario se meta en ella? Lo cierto es que el PP es el partido del no -en Cataluña y en Euskadi-, lo cual es un regalo para el frente del que sufre defendiendo algo -el Estatuto- que, a base de ser de todos, no es de nadie. Cada cual lo defiende mirando al compañero accidental por el retrovisor, y haciendo cálculos sobre el día siguiente.

El PSC ha puesto mucho empeño en construir su campaña contra el no del PP. La obscenidad política no es incompatible con la eficacia. El eslogan, que es realmente obsceno en el sentido de que enseña las vergüenzas propias -la falta de seguridad necesaria para lanzar una campaña en positivo- y se ensaña en las del adversario, consigue, sin embargo, integrar dos elementos aparentemente contradictorios: la corrección política catalana y los intereses de la política española. Todo ello confirma, entre otras cosas, que los crustáceos están mucho más enlazados de los que algunos piensan. En efecto, todos contra el PP es un lugar común de lo políticamente correcto en Cataluña. Pero, al mismo tiempo, el eslogan apela a un principio electoral básico acuñado por el felipismo: el voto socialista en Cataluña sólo se moviliza masivamente cuando se le presenta una oferta en clave española. Eso es lo que pretende el PSC con el infausto eslogan: que los suyos vayan a votar contra Rajoy, o sea, a favor de Rodríguez Zapatero. No es detalle menor que este principio felipista haya sido rechazado siempre por Pasqual Maragall, que ha pretendido ganar las dos elecciones autonómicas a las que se ha presentado en clave estrictamente catalana. Su religión le prohibía hacerlo de otra manera.

Los esfuerzos del frente del por ningunear el no independentista e igualar no y PP, con la inestimable colaboración de Rajoy y los suyos que parecen empeñados en dar siempre la razón a sus adversarios, han tenido un efecto no desdeñable con vistas al futuro: Esquerra Republicana se está desdibujando por momentos. De algún modo se confirmaría la hipótesis que algunos sostienen del carácter autodestructivo de este partido. Esquerra estaría atrapada en un viejo tic cultural del catalanismo: el placer de perder el partido de penalti injusto en el último minuto. En los tiempos que corren, estas economías del deseo que podríamos llamar de narcisismo masoquista tienen poco recorrido. Las próximas elecciones dirán. Pero Carod Rovira corre el riesgo de ver como todo su trabajo de convertir a Esquerra de marginal en partido de gobierno se va al traste por la ligereza con que una dirección desunida se dejó arrastrar por la agitación de una parte de sus bases. Hoy Esquerra vuelve a trasmitir cierto aroma de irredentismo. No sería de extrañar que lo pagaran en las próximas elecciones con un retorno a la concentración de voto en los dos principales partidos.

La dinámica del referéndum está en marcha, da la impresión de que la máquina del voto moderado se está engrasando, y que, sin alardes, se impondrá lo que tratándose de Cataluña se acostumbra a llamar el sentido común: no podemos hacer el ridículo, la victoria del no generaría una gran crisis, este Estatuto seguro que es mejor que el anterior, qué dirían en Madrid. Cataluña, como toda nación crustáceo, se mueve lentamente. No llegará muy lejos. La participación no será para lanzar cohetes. Pero llegará.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2006