Hace dos semanas le dieron el premio Velázquez a Antonio López y los periodistas tuvieron que ir a su encuentro en un parque de bomberos en una de cuyas torres le daba los últimos retoques a su última obra: Madrid desde Vallecas. A casi todos los verdaderos artistas la noticia de un premio inesperado los sorprende trabajando. Unos días después, la Asamblea ya tenía el cuadro colgado en su vestíbulo principal. No sé si ha de verse este Madrid como una continuación de aquel otro, pintado por López con su pincel minucioso, que muestra la esquina en la que Alcalá se encuentra con Gran Vía, bajo la luz calmada del amanecer. Para mí, aquel singular retrato de Madrid, tan conocido, es más que una esquina al amanecer; la mirada del pintor me ofrece la poética estampa de la ciudad que él sueña más que la que ve. La obra no necesita de complementos, es en sí misma una totalidad. Pero se trata de una visión fragmentaria de la ciudad; toda reconstrucción pictórica de una ciudad es fragmentaria por naturaleza. Y especialmente en el caso de Madrid, que se explica mejor en sus detalles que en sus panorámicas generales, lo cual puede bastar para una buena descripción de la capital.
Pero lo que ha abordado ahora Antonio López es una gran panorámica, aunque no por amplia deja de ser fragmentaria, que le da también una dimensión simbólica al cuadro de la Asamblea por cuanto reproduce el nuevo Madrid que crece a sus anchas; la nueva poética de la nueva metrópolis desde la misma mirada de un clásico de nuestra pintura. Y parece mentira que en un lienzo que mide poco más de 2,50 por 4,06 quepan 27 kilómetros de Madrid. Son los prodigios del arte, tan abarcadores como la capacidad de insinuación del artista. Y en ese sentido, yo creo que lo mejor del cuadro de Antonio López no es que quepan en él esos 27 kilómetros, sino que nos haga penetrar en un horizonte más amplio que permite barruntar la ciudad que no está en el cuadro. Le oí decir a Oriol Bohigas un buen día que la ciudad "es un lugar donde puedes buscar y encontrar sin buscar" y es posible que en el proceso de su descripción de Madrid desde Vallecas, Antonio López, además de encontrar lo que buscaba, haya encontrado lo que no buscaba. Porque no nos encontramos ante un mero copista de la realidad para satisfacer el interés por el detalle que tanto complace al que se deja fascinar simplemente por lo que entiende que es pura copia de lo que se ve, y cuanto más exacta le parece mejor.
Es decir, Antonio López no es un cronista con paleta, sino un poeta de la plástica. En ese sentido, su realidad se nutre de lo que ve y de lo que no ve, de lo que está en el cuadro, de lo que falta y de lo que parece que está. Y en el cuadro está lo que el paisaje ofrece, pero también, como en este caso, lo que estuvo y no está, como las grúas del Windsor, por ejemplo, que rescatan la memoria del creador para otorgarles un valor simbólico. La absoluta fidelidad al paisaje coyuntural en el detalle efímero interesa al periodismo más que al arte; el valor permanente en el tiempo del paisaje descrito interesa al artista más que la actualidad. Que el Madrid de las obras de nuestro tiempo esté en ese cuadro quizá interese al artista más por el valor simbólico que aporta de un modo definitivo a un paisaje en desarrollo que por la anécdota pasajera de la crónica municipal de nuestro tiempo.
Rafael Simancas miró el cuadro, no vio grúas, y se quedó extrañado. Su mirada era la del político que aspiraba ante el cuadro realista a contar las grúas de hoy con otra intención. Pero pudo comprobar que había grúas, porque el pintor contó más de setenta delante de él, y se quedó satisfecho. No creo, sin embargo, que Antonio López viera las mismas grúas que Simancas. Dentro de 20 años las grúas de Simancas serán una cuestión de hemeroteca, y a lo mejor muy significativas para la historia política, social y hasta para la de la justicia, pero las grúas de Antonio López serán materia de museo. Esto quiere decir que al nuevo Madrid podremos llegar a reconocerlo tan bien, o mejor, en un cuadro que en un libro de historia. Pedro González, un gran pintor canario, dice que "la pintura es un proceso para llegar a plasmar aquello que no se puede pintar". Y a lo mejor es eso lo que ha conseguido López, con mano maestra, para que cuando las generaciones por venir vean su obra puedan reconocer en el cuadro una mirada del tiempo del pintor, que fue testigo, pero también los efectos de la memoria del artista y hasta la capacidad de premonición del arte.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2006