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COLUMNA

Mentiras de verdad

Somos el animal que ríe, pero somos también, y quizás ante todo, el animal que miente. Esa capacidad nuestra para el engaño nos distingue y define. Podemos convertir el fingimiento o la suplantación, la impostura y el fraude en bellas artes. La mentira, para algunas personas, puede llegar a ser una segunda naturaleza. Para la mayoría es, simplemente, una estrategia de supervivencia (nadie va por la vida proclamando sus taras y defectos, sino ocultándolos o disfrazándolos de presuntas virtudes). Hay científicos que llevan décadas estudiando arduamente esta cuestión, investigando las diferentes fases evolutivas de esta naturaleza mentirosa nuestra. Así nos dibujaron, qué le vamos a hacer. No hay que tomarse el asunto por la vía trágica. Mentir, a fin de cuentas, es un deporte demasiado humano que llevamos varios miles de años practicando.

Pero para que la mentira sea eficaz, para que la mentira sirva para algo y alcance su objetivo, lo primero que debe hacer el mentiroso es engañarse antes a sí mismo, metérsela doblada delante del espejo, sin testigos. Es lo que la mayoría de políticos hace cada mañana, antes del desayuno, en el cuarto de baño. Seguramente es justo y necesario. ¿Qué sería de un político que no creyese a pies juntillas en la verdad de sus mentiras? Es como el psicoanálisis: antes de ser psicoanalista hay que dejarse psicoanalizar. Son gajes del oficio. Los políticos (a los que Miguel Torga llamaba loros insinceros sin ninguna acritud hacia los loros) no tienen más remedio que tragarse sus propias historias, sus historias de España o de Euskadi, sus tristes o gloriosos episodios, sus inventos y mixtificaciones.

La novela de España titulaba Santos Juliá su excelente columna del domingo pasado. Zapatero y Rajoy, explicaba Juliá, enfrentaron respectivamente la comedia y tragedia de España en el debate sobre el estado de la nación. El presidente del Gobierno arrancaba con su laus Hispaniae (todo va bien, la vida es bella, España es un país maravilloso) y el abrumado jefe de la oposición le replicaba con un curso completo sobre literatura del desastre. Algo, seguramente, inevitable. Como seguramente inevitables resultan los reproches cruzados entre PP y PSE en el Parlamento vasco. Los populares hablan de "traición" socialista a la democracia y los socialistas dicen que los populares semejan animales "carroñeros". Unos y otros esgrimen sus razones, aunque la justa y anhelada paz (de todos) debiera ser el lema compartido. Y, sin embargo, hemos de estar seguros de que ningún político desea lo peor (ni siquiera lo menos malo) para los ciudadanos. El llamado proceso de paz acabilda sin duda un buen puñado de excelentes deseos, pero ninguno de sus actores ignora que la decantación del electorado en las próximas consultas dependerá de su actuación en el complejo y embrollado escenario de la tragicomedia vasca.

Horizonte de paz, pero también horizonte de votos. Antes del desayuno, en el espejo del cuarto de baño, después del ejercicio matutino de autohipnosis, el político visualiza una urna llena de papeletas con las siglas de su partido y una lista de nombres encabezada por el suyo propio. No debemos, por tanto, creernos ce por be lo que se nos augura con certeza apodíctica en los mítines y en las ruedas de prensa. Ninguno cree del todo en lo que dice, ninguno está seguro. Son como usted y yo, aunque nunca lo van a confesar. No nos van a decir que andan a tientas o que no están seguros de qué carta les conviene jugar. Sólo los jugadores más bocazas, como Otegi en Durango, aseguran "estamos ganando" antes de que comience la partida. Pero también Otegi tiene en el punto de mira la urna de los votos, lo cual es un alivio o debe serlo.

Todo suceso tiene su traducción en votos. El fin de ETA o la muerte de una cupletista. El espectáculo necrológico (o quizás necrofílico) del entierro de Rocío Jurado (que agrupó al 37% de los españoles y el 50% de los vascos ante el televisor, dato que se mercería otra columna) puede ofrecer también sus réditos políticos. Por eso el presidente del Ejecutivo y el jefe del primer partido de la oposición aprovecharon el tirón de la historia y realizaron sendas declaraciones de pesar y admiración ferviente. Nos mintieron, como corresponde, con el corazón en la mano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2006