Hace bastantes años tuve que escribir un perfil para EL PAÍS de Lady Di. Lo que me obligó a informarme sobre su vida. Saqué la conclusión de que era un disparate de mujer, desequilibrada, egocéntrica y banal. Cuando, tiempo después, sucedió su trágica muerte, me asombró e incluso irritó el paroxismo de mitificación que provocó su duelo, el histérico llanto multitudinario por su pérdida. Más o menos por entonces entrevisté a la espléndida escritora Doris Lessing, que, mujer sabia como es, hizo una atinada observación: "A mí también me indignaba, al principio, el fervor por Lady Di. Pero luego comprendí que la gente estaba simplemente llorando a sus propios muertos a través de ella. Y, a juzgar por el alboroto levantado, ¡cuánta necesidad tenían de llorar!".
Cuento todo esto al hilo del desmesurado duelo público por Rocío Jurado. Sí, es verdad que ha habido un morbo necrófilo que repugnaba un poco. Y es verdad que la prensa del corazón ha sido más carroñera que nunca (aunque la constante visibilidad mediática de Rocío y Rociíto contribuyó lo suyo: si sabes valorar y proteger tu intimidad, el circo te respeta, como se demostró con Rocío Dúrcal). Pero, más allá de todos los excesos, lo cierto es que la terrible lucha de la pobre Jurado, su larga agonía y su entereza, así como el agotado llanto de sus deudos, son el espejo público de otras penas privadas, de otras muertes y otras pérdidas, del miedo al propio fin, del inevitable sufrimiento de la existencia.
Antes, estos rituales del dolor eran comunes. Los duelos duraban días y en ellos participaba todo el pueblo o todo el barrio, y sin duda se lloraban lágrimas muy sentidas y muy reales tras las lágrimas profesionales de las plañideras. Pero ahora las muertes se aíslan, se ocultan, se contienen, ahora las emociones se disimulan, y por eso la gente necesita echar mano de cuando en cuando de unas catarsis públicas en las que, además de sacar a la luz su propio miedo y su dolor, pueden compartirlo con los demás. Personalmente yo sigo prefiriendo la suprema y reservada dignidad que mostraron Rocío Dúrcal y su familia, pero por otra parte estoy convencida de que en el aparatoso y mediático adiós a Rocío Jurado se expresa también mucha pena auténtica.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2006