Caja de Madrid -sostenedora de buena parte de la vida musical madrileña- ofrece todos los años este Concierto de Primavera que esta vez presentaba a la Orquesta Hallé de Manchester, una formación que ve ya lejanos sus años de gloria con Barbirolli, que ha pasado por graves problemas económicos y artísticos, y que bajo la rectoría de su actual titular, Mark Elder, parece decidida a recobrar la autoestima. No es, desde luego, una orquesta de primera fila, nada destaca especialmente en ella -aunque posea una buena cuerda-, nada desentona tampoco una vez comprobada su entidad. Los resultados de su prestación del lunes respondieron a lo que parece su realidad: pundonor, buena disposición y esa profesionalidad tan británica a los que Elder sabe sacar todo el partido posible.
Orquesta Hallé
Mark Elder, director. Janine Jansen, violín. Obras de Rossini, Bruch y Brahms. Concierto de Primavera de Caja de Madrid. Auditorio Nacional. Madrid, 5 de junio.
En la Obertura de Guillermo Tell de Rossini, que abría programa, se advirtieron rasgos de lo buen director de foso que es el inglés. La Cuarta sinfonía de Brahms se planteó desde el conocimiento de las posibilidades de la orquesta, yendo más a trazar sus líneas generales con aseo que a descender a unos detalles expresivos que, en efecto, no llegaron. Elder fue al grano y resolvió aceptablemente la papeleta del gran repertorio. Una marcha de Eric Coates -pura Light Music de las Islas- sirvió como agradecida propina.
La verdadera protagonista de la sesión fue, como era de esperar, la joven y ya formidable violinista holandesa Janine Jansen, que reivindicó las virtudes, que las tiene, del Concierto nº 1 de Bruch con un arte de primerísima clase y que demostró a los escépticos -si todavía los hay- que no es sólo una cara bonita. Bello sonido, técnica infalible, línea impecable, comprensión plena de una escritura y un estilo -los del autor- demasiado envilecidos por los tratadistas. Su aplomo apabulla un poco al principio pero una musicalidad asombrosa se impone enseguida paralela a un virtuosismo impecable. Los jóvenes violinistas saben hoy latín pero mientras algunos se quedan en repetir las declinaciones Jansen no se conforma y quiere ser Virgilio.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de junio de 2006