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COLUMNA

En la pendiente de la irrelevancia

Hace unos días, con ocasión de la renuncia de Jaime Raynaud a su condición de concejal ante las dudas que la dirección del PP había exteriorizado acerca de su candidatura como alcalde para las próximas elecciones municipales, ironizaba Fernando Iwasaki en Abc que, con el estilo de hacer política de los populares en Andalucía, Manuel Chaves podía estar seguro de poder presidir la decimoquinta modernización de Andalucía.

Ayer me acordé de Iwasaki al leer en EL PAIS la crónica de la reunión del comité ejecutivo del PP celebrada en Córdoba, en la que se acabó designando a Antonio Sanz como secretario general de los populares en Andalucía, ignorándose la oposición interna a dicha designación, de la que se nos había informado de manera detallada por el mismo diario en la crónica del día anterior.

¿Cómo puede pretender el PP tener credibilidad como alternativa de gobierno con Javier Arenas como presidente y Antonio Sanz como secretario general? Javier Arenas lleva más años que Manuel Chaves en la política andaluza y no ha sido capaz ni en las mejores circunstancias, cuando el viento soplaba no tanto a favor del PP como tremendamente en contra del PSOE, esto es, tras la fuga de Luis Roldán, en cuya estela se hicieron las elecciones europeas y autonómicas de 1994 y en las dos elecciones generales y autonómicas de 1996 y 2000, de convencer a los andaluces de que merecía ser el presidente de la Junta. Antonio Sanz ha ocupado el hueco que dejó Javier Arenas en las dos legislaturas en las que éste estuvo en el Gobierno de la nación o en la dirección nacional del PP y el resultado de su gestión ha sido desastroso, habiendo colocado al PP en una posición de tanta debilidad que está siendo posible hacer la reforma del Estatuto de Autonomía sin que su concurso resulte jurídicamente indispensable. ¿Se puede con esa ejecutoria acudir a los ciudadanos para que le confíen la dirección política de la sociedad andaluza?

Hay derrotas que inhabilitan para seguir adelante. No porque las personas que han sido derrotadas no sean valiosas, sino porque han sido derrotadas. Para mí Adlai Stevenson ha sido uno de los mejores candidatos que ha tenido el Partido Demócrata en su historia (su discurso de aceptación de la candidatura a la presidencia en la Convención de 1952 es uno de los mejores discursos políticos que he leído en mi vida), pero perdió en 1952 y 1956 y en las primarias de 1960 fue desbancado por J.F. Kennedy. Así es como reacciona una organización política sana. En España hemos tenido el caso de Joaquín Almunia que dimitió de verdad tras las elecciones generales de 2000 y en su decisión de dimitir la misma noche de las elecciones está el origen de la recuperación del PSOE tras la celebración del Congreso extraordinario en el que salió elegido Rodríguez Zapatero. Sin la dimisión de Almunia, cualquiera sabe dónde estaría el PSOE, pero seguro que no donde está. Cuando se produce una derrota estrepitosa, tiene que producirse una tormenta en el interior del partido y hay que introducir cambios en la dirección del mismo.

Esta ley no está escrita en ninguna parte, pero es una ley que se cumple inexorablemente. Un partido puede arriesgarse y poner su organización interna patas arriba o puede deslizarse por la pendiente de la falsa seguridad que proporciona la dirección que en ese momento tiene. Si hace lo primero, no tiene garantía alguna de que vaya a acertar en su proceso de renovación. Pero si hace lo segundo, puede tener la seguridad de que empieza a deslizarse por una pendiente que le conduce a la irrelevancia. En esas está el PP en Andalucía desde hace ya mucho tiempo. En su reunión del Comité Ejecutivo en Córdoba no ha hecho más que confirmarlo, por mucho que la candidatura de Antonio Sanz a la secretaría general fuera aprobada "entre aplausos por unanimidad".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 2006