¿Puede alguien enamorarse no de una persona en concreto sino de los dos miembros de una pareja al alimón, de su sensibilidad, de su modo de vida, de su forma de mirar, de su manera de ver las cosas, de su cuerpo, de su alma, de su corazón? ¿Puede ocurrir que la pareja correspondiente del enamorado sienta de una forma semejante la misma persuasión? ¿Hablamos de amor o de sexo? ¿O de ambos? ¿O de simple atracción física que se despeña por los senderos de la irracionalidad? Los hermanos franceses Arnaud y Jean-Marie Larrieu reflexionan sobre estas cuestiones en la atractiva Pintar o hacer el amor, y lo hacen de una forma completamente amoral, sin juzgar a sus criaturas en momento alguno, describiendo el proceso con minuciosidad y, eso sí, aplicando las consecuencias que ellos creen oportunas cuando se dan este tipo de sensaciones y, sobre todo, de actuaciones.
PINTAR O HACER EL AMOR
Dirección: Arnaud y Jean-Marie Larrieu. Intérpretes: Daniel Auteuil, Sabine Azéma, Sergi López, Amira Casar. Género: drama. Francia, 2005. Duración: 98 m.
Con sensibilidad, ternura, delicadeza y sensualidad, los directores han construido una película que, más que verse, se palpa y se huele. No por casualidad uno de los cuatro personajes es ciego, interpretado precisamente por el español Sergi López, lo que ayuda a la trama para que las sensaciones experimentadas por el individuo de ficción las sienta el mismo espectador.
De hecho, en dos de los mejores momentos de la función, los autores dejan la pantalla en estado de oscuridad total (como la vida de su personaje), para que sólo se escuchen las palabras, la respiración y los movimientos de los protagonistas, inmersos en ese instante en una experiencia para la que quizá no necesiten de forma obligatoria el sentido de la vista.
Además, los creadores hacen bien en otorgar información acerca de sólo uno de los matrimonios, el formado por los siempre excelentes Sabine Azéma y Daniel Auteuil. El otro es algo así como la serpiente enroscada en el árbol de la que únicamente se sabe su carácter tentador. No se conoce su pasado ni tampoco su futuro. Sólo que parecen ser habitantes del paraíso.
Película apegada a la naturaleza y a sus elementos básicos (el fuego, la tierra, el aire y el agua forman parte de la trama), Pintar o hacer el amor está siempre a un paso de la pretenciosidad, defecto en el que sólo cae en un par de secuencias, cuando la pretendida intelectualidad se convierte en simple puerilidad. Así, la secuencia en la que en medio de una cena todos los personajes comienzan a recitar poesías está al borde de la vergüenza ajena, sobre todo porque ni era necesario ni aporta nada al conjunto. Eso sí, el atrevimiento, la libertad y el sosiego con el que los realizadores componen su complicado envite provocan que el público acabe mordiendo con sus criaturas la manzana, no de la discordia sino de la pasión.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 2006