Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:FESTIVAL DE AIX-EN-PROVENCE

Sobrecogedor

Aún no repuestos del impacto emocional causado por la estremecedora lectura de El oro del Rin, de Wagner, en el patio del palacio arzobispal, a cargo de los filarmónicos berlineses dirigidos por su titular, Simon Rattle, el saco de las emociones fuertes se ha vuelto a expandir gracias a los mismos intérpretes que han brindado ante 10.000 personas una lectura mágica de la Quinta de Mahler en un marco deslumbrante de belleza, que recordaba un cráter, a los pies de la mítica montaña de Sainte Victoire, en el momento del atardecer y últimas luces del día.

El concierto comenzó un cuarto de hora antes de las nueve, lo que permitió gozar de una gama de tonalidades plásticas sorprendentes acompañando a la música, y estaba organizado en homenaje a Paul Cézanne, de quien se conmemora este año el aniversario de su muerte. Cézanne nació y murió en Aix, y la hondonada se encuentra a unos treinta kilómetros, aproximadamente, en el término de Puyloubier. Se accede a ella por carreteras comarcales, lo que puede dar idea del considerable atasco en el acceso. No importa. Nadie se quejó.

Concierto Sainte-Victoire

Homenaje a Paul Cézanne. Filarmónica de Berlín. Director: Simon Rattle. Mahler: Quinta sinfonía. Puyloubier, 5 de julio.

Los más previsores se acercaron con varias horas de antelación, con sus esterillas de playa, hamacas, bolsas con las meriendas y otros útiles de día de campaña. La gran mayoría de los espacios eran en contacto con el duro suelo, suavizado por un césped artificial. Allí se instalaron todo tipo de seres, preparados a vivir el concierto de su vida. Muchas familias, infinidad de jóvenes y también ancianitos dispuestos a no dejar escapar la oportunidad de escuchar en directo a la Filarmónica de Berlín. Y hasta ilustres personalidades de la cultura francesa, como Pierre Boulez, no se quisieron perder el acontecimiento.

Evocación

Simon Rattle no hizo concesiones en la elección del programa y se centró en un músico contemporáneo al pintor y en una sinfonía de los años de las pinturas inspiradas en la montaña. La asociación es genial y la experiencia, desde el punto de vista del espectador, irrepetible. Por una vez, la asociación entre la mejor pintura y la mejor música alcanzó grandes cotas de evocación.

Con ser todo fascinante, lo más impresionante fue el comportamiento del público. En mi larga vida de espectador, jamás he sido testigo de nada comparable. El silencio se masticaba. Un movimiento como el célebre adagietto fue conmovedor en su poder de comunicación. Dos pantallas gigantes ayudaron, con su profusión de detalles, a vivir la música de una manera diferente. ¿El concierto del año? Para mí, sin duda. A la misma hora jugaba la selección francesa de fútbol un partido de semifinales del Mundial. Ello no impidió la asistencia de 10.000 personas a un concierto mahleriano en plena campiña provenzal. Que cada uno saque sus conclusiones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 2006