Me libré del coche hace algunos años. Cada día le odio más. Atascos, usurpador de ciudad, acaparador de rincones. Sobre todo por ser el productor principal e insostenible del calentamiento del clima. Tarea evidente para todos: hay que acabar con él o reconvertirlo de raíz.
Escribo para que vayamos liberándonos del coche no estrictamente necesario. A pesar de los engaños de la propaganda de las más potentes multinacionales. El coche fue nuestro más deseado acompañante en los albores del bienestar, como ahora lo es para la media humanidad que sale de la pobreza. Lo primero con que todos los chinos sueñan es el coche. Para acabar de suicidarnos. Tremendo. Qué bueno que empezáramos los ricos a dejar el coche para desengañar a tiempo a los pobres. En vez de pavonearnos con sus brillos, con su mayor tamaño y mucho precio, empezar a sentirlo como nuestro carcelero. Esa tonelada de metal que arrastramos a todas partes y que nos obliga a más gastos inútiles que un hijo. Cuando se deja entonces se empieza a notar cuánto nos acogotaba. No fue fácil dejarlo. Nos avergonzaba sentirnos los más pobres de la urbanización.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de agosto de 2006