Dentro de la inmensa alegría que supone ver nacer a un hijo hay un atisbo de amargura. En pocas semanas habrá que idear auténticas cábalas para lograr la llamada "conciliación de la vida laboral y familiar". En la actual legislatura se prometían grandes logros sociales. Alegra ver, con mucha envidia sana, aquellos que se han conseguido y que, según dicen, nos ponen en la vanguardia europea. Sin embargo, de Europa vienen noticias de amplios permisos de maternidad y lactancia, excedencias retribuidas, flexibilidad laboral, guarderías gratuitas, de calidad y accesibles.
Algunas de ellas tan sorprendentes que dejan claro que, en esta materia, somos más bien el furgón de cola. Aquí la envidia sana se torna en amargura y resignación. Al Gobierno no le debe ser fácil conseguir estos logros que prometieron. En parte porque hay que ponerse de acuerdo con los empresarios que se atrincheran en cuanto ven peligrar sus márgenes. Algo se ha hecho en la Administración Pública. Hay que hacerlo universal y más generoso. La sociedad lo espera, lo necesita y se lo merece.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de agosto de 2006