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COLUMNA

Epiceno

DEL MILLAR de entretenidas páginas del ensayo titulado Sexual Personae, Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson (Valdemar), de la estadounidense Camille Paglia, quizá el término más repetido es "epiceno", que es el nombre común que se aplica a los seres animados de distinto sexo, pero que comparten una misma designación genérica, como, por ejemplo, "víctima", que, siendo femenino, vale por igual para los varones. La escasez del uso entre nosotros de este término y, por tanto, la actual ignorancia acerca del significado de este accidente gramatical quizá explique muchos de los dislates que hoy acosan a los vehementes partidarios de la igualdad entre los sexos cuando se enfrentan con el habla popular. De todas formas, al margen de la derivación costumbrista que pueda tener aquí y ahora lo epicénico, su constante enarbolamiento por parte de Camille Paglia se debe a la enjundia antropológica y cultural que porta el término de marras, que no es otra que señalar el desconcierto identitario y existencial que históricamente acarreó la división sexual, que se produjo en la evolución de los seres vivos y, muy en particular, del hombre, que no sólo comprende a los varones y hembras, sino su deslizante desgarradura. Lo que escruta Paglia de esta humana desgarradura a través del sismógrafo privilegiado del arte es precisamente, no la llamada eterna guerra de los sexos, sino la lucha de cada sexo por verse privado de su fascinante contrario; es decir: la mutua fascinación trágica entre los dos sexos.

Aunque el objetivo principal de Paglia es estudiar este fenómeno en el momento crepuscular del decadentismo contemporáneo, que abarca más que lo que académicamente se entiende por tal: el arte y la literatura de fines del siglo XIX, ella extiende su red indagatoria por prácticamente toda la historia cultural desde el Paleolítico hasta la actualidad. De, como reza el subtítulo de su obra, Nefertiti a Emily Dickinson, hay demasiada tela que cortar, pero el hilván de esta autora es el sexo como secreto y profundo activador de la imaginación humana, y, por tanto, del arte. A pesar de este acotamiento freudiano, es evidente que la ambición de su proyecto es excesiva, pero considero ridículo echárselo en cara a esta muy culta, desenfadada e impertinente autora, porque el trasfondo de su mensaje consiste en un despiadado ataque al sumo sacerdote de la ideología progresista dominante: Jean-Jacques Rousseau, profeta del adanismo y del hedonismo contemporáneos. Para Paglia eso que llamamos naturaleza no es en sí nada, en principio, bueno, sino justo lo que el hombre debe vencer, fuera y dentro de sí, para simplemente sobrevivir, sabiendo, eso sí, que su circunstancial victoria es pírrica y, en cualquier caso, como ocurre con toda feroz batalla, algo que deja profundas e incurables heridas. Es por eso por lo que Paglia no cree en la realización utópica del hermafrodita, que, para ella, produciría un colapso entrópico, sino en el mantenerse en ascuas del género epiceno, esa trágica búsqueda constante de lo contrario de lo que somos, dentro del parvo apoyo de una identidad más que flotante. ¡Qué romántica!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006