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Reportaje:LA CULTURA, CINCO AÑOS DESPUÉS DEL 11-S

La mirada de los creadores

Escritores, músicos o cineastas han cambiado su mirada tras el primer ataque terrorista de la historia en suelo de Estados Unidos. Con espíritu y enfoques muy diversos, han comenzado a utilizar aquel inmenso drama como argumento de novelas, canciones y películas, a través de las cuales reflexionan y ayudan a comprender.

La cultura posterior al 11-S quizá comenzara cuando unos terroristas de Al Qaeda estrellaron dos aviones contra las Torres Gemelas y otro contra el Pentágono; sin embargo, cinco años después, ese horroroso cuadro se ha fundido con las espantosas imágenes, interminables y continuas, de la guerra en Irak y el Katrina. Con pesar, damos por sentada nuestra empañada imagen del mundo; hemos pasado de considerar que pertenecemos a una nación de enorme poder a las incertidumbres de formar parte de un mundo en el que los actos de terrorismo se han convertido en algo cotidiano. Como una especie de golpe de gracia, después del ya reconocido desastre de Irak, los estadounidenses contemplábamos con horror, mientras los periodistas de televisión y los estudiantes desplazados rápidamente al escenario intentaban ayudar a la población abandonada y moribunda de Nueva Orleans, cómo nuestro pasmado presidente tardaba días en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Con pesar, damos por sentada nuestra empañada imagen del mundo

La música se presta fácilmente al panegírico, y sin duda ha habido una abundancia de composiciones en recuerdo del 11-S (Rolling Réquiem, una conmemoración coral internacional de aquel día; Side by Side, un tributo a las Torres Gemelas del canadiense William McMillan; 9/11, de Gotham Artists (un tributo de músicos y cantantes de Nueva York), pero casi nada de teatro: los himnos no funcionan en escena, ni siquiera los himnos pop.

En mi opinión, el cambio más sorprendente (era de esperar la plétora de libros sobre la trapacería de Washington y la buena cobertura televisiva) se ha dado en el terreno de la novela. Philip Roth, que por lo general escribe sobre su álter ego Zuckerman, de repente salió al paso con La conjura contra América, una novela entretejida con detalles reales sobre qué habría ocurrido si el furioso aviador aislacionista y pronazi Charles A. Lindbergh hubiera derrotado a Franklin Roosevelt por mayoría abrumadora en las elecciones presidenciales de 1940. (Ciertamente, esto jamás podría haber ocurrido. Lindbergh nunca fue candidato presidencial, y Roosevelt era tremendamente popular). Aun así, para Roth era una novedad el tener tanta conciencia política. Y lo mismo puede decirse de John Updike, nuestro cronista del amor y la infidelidad entre los protestantes blancos anglosajones, que también se apoderó de un territorio bastante distinto en su novela Terrorist. Norman Mailer generalmente ha elegido como temática a Estados Unidos. Pero su nueva novela, The Castle in the Forest, que se publicará en enero, trata explícitamente sobre Hitler, una especie de ruptura para él. En una nota más personal, acabo de terminar mi propia novela, The King of Paris, sobre Otto Abetz, el principal hombre de Hitler no perteneciente al ejército en París (Mailer y yo no teníamos ni idea de qué estaba escribiendo el otro), y aunque mi interés en Abetz y la idea original de The King of Paris emanaron del tiempo que pasé cubriendo el juicio contra Klaus Barbie en 1988, sospecho que la facilidad que tuve para utilizar una considerable cantidad de material real sin adornos se vio incrementada todavía más por el clima actual. Las historias inventadas parecen ser cada vez más propiedad exclusiva de los culebrones.

Las películas más ambiciosas surgidas de la cultura posterior al 11-S son, sin duda, United Flight '93, de Paul Greengrassa, y Múnich, de Steven Spielberg, que culmina con el controvertido plano de las Torres Gemelas, aunque un acontecimiento paralelo interesante es la nueva demanda de documentales. Una verdad incómoda, del ex vicepresidente Al Gore, trata sobre el Katrina y el calentamiento global, pero el fenomenal éxito del extraordinario documental My Architect, que es la historia del gran arquitecto Louis Kahn contada por su hijo ilegítimo Nathaniel Kahn (Louis Kahn tenía tres familias), ha sido del todo inesperado. En otra época, cuando había menos sed de conocer "lo ocurrido", tal vez habría pasado desapercibido.

Pasemos ahora a ese día: en esa distante y conmovedora mañana antes de que todo estadounidense conociera la diferencia entre un suní y un chií, en una época en la que habíamos leído menos artículos sobre las mujeres de Irak, Irán y Afganistán, y sabíamos menos sobre el mundo, escribí varios artículos para EL PAÍS. Curiosamente, nunca los he releído. Recuerdo algunas hileras de camiones militares subiendo por Madison Avenue, soldados de uniforme por todas partes, y hordas de gente recorriendo Madison Avenue, intentando llegar a casa, y que cuando fui a comprar algunas provisiones a la tienda de alimentación de enfrente las estanterías ya estaban vacías.

Intenté localizar a mis hijas, que estaban tratando de localizar a sus hijos. El hijo de mi hija María, de ocho años, estaba en clase cuando su profesora recibió la noticia de que su prometido había perecido en las Torres Gemelas. El amigo de un amigo mío había recibido una llamada desde el móvil de su nieta justo antes de que la torre en la que estaba se derrumbara. Fue así. Yo había convencido a mi amigo el pintor Larry Rivers de que viniera desde los Hamptons para someterse a un examen físico con detenimiento el 12 de septiembre. Pero los hospitales tenían otros asuntos de que ocuparse y Larry, reacio a venir a la ciudad, aplazó la cita. Murió de cáncer el agosto siguiente y, de vez en cuando, me preguntaba si habría sido diferente si hubiese visitado al médico a tiempo, si habría vivido un poco más.

Después del año de funerales en honor de los bomberos, y fotografías y coronas de flores por todas las esquinas, el potente motor que mueve hacia delante la ciudad tomó las riendas. Primero estuvieron los sueños del gran monumento arquitectónico que se construiría para recordar a los que murieron. Luego comenzaron las disputas por el dinero, el comercio y la seguridad, y el enorme agujero sigue allí. Tal vez, ni siquiera nosotros, los neoyorquinos acelerados y con la vista puesta en el futuro, estemos listos todavía, a pesar de haber seguido adelante con nuestra vida, para construir un súper rascacielos que aúne nuestro tremendo poder y comercio con nuestro lamento por los difuntos.

Barbara Probst Solomon es escritora estadounidense. Traducción de News Clips.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006