La cualidad artística es hoy una cuestión de cartografía política. La modernidad terminó cuando el artista decidió renunciar al gran tedio que exigía de él la búsqueda de un espacio ideal fuera del sistema. Todavía no tenemos listos los términos para describir lo que sigue a todo ese cansancio político, a la desmoralización de una sociedad civil narcotizada por el consumo y que hace tiempo que ha dejado de existir. ¿Dónde encontrar el espacio para el disentimiento, la insatisfacción, tan ajena hoy al artista apático y subvencionado, al que una democracia obscenamente militarizada ha confiscado toda fantasía y deseo de transformación del orden social?
Cinco años después del fatídico 11 de septiembre, los individuos de las sociedades avanzadas estamos dispuestos a olvidar los viejos combates antiautoritaristas y a aceptar la vigilancia de los más serviles e incompetentes funcionarios de la política de partido. El recelo y descreimiento de los sectores más excelentes de la sociedad respecto a la capacidad de emancipación de las personas, de actuar o lograr cambios por la vía del activismo y la presión colectiva, no ha hecho más que documentar las ficciones de un futuro cercano, que cineastas y arquitectos como Rem Koolhaas, Ridley Scott o los hermanos Wachowski supieron traducir a las totalizadoras megápolis de estética oriental.
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Un desplazamiento ideológico que hoy busca sus razones estéticas en las nuevas a-topías, espectaculares no-lugares de cemento pulido y acero que le sirven al capital para nacionalizar la tragedia colectiva y afirmar su voluntad de dominio sobre la tierra. Desde el derrumbe del complejo del WTC, las sucesivas reconstrucciones ideales y recreaciones de arquitectos y artistas no han hecho más que abandonar definitivamente la concepción heideggeriana del edificio existencial como refugio frente al mundo -frente a lo público- y enfatizar el Nuevo Orden de lo visual y escenográfico. La llamada Zona Zero de Nueva York no es más que una vistosa abstracción arquitectónica fruto de la abstracción capitalista de un Primer Mundo atrincherado en un drama absolutamente estetizado.
Así, la nueva estética parece querer producir artistas ejemplares cuya capacidad pragmática justifica su antiutopismo. El seductor nihilismo nietzscheano del artista moderno capaz de vivir peligrosamente y trabajar sin apoyos, sólo esclavo de su deseo, ha dado paso al falso autor, disfrazado de izquierdismo narcisista y con una soberbia capacidad para mantener una relación íntima con su archienemigo, usar sus métodos y manifestar con cierta flojera sus muy diferentes ideas, sin enamorarse plenamente de él. Algo parecido a un síndrome de Estocolmo. Ese ejemplar "político" representa algunas de las anomalías en las que está absorto el mundo del arte hoy. Pero no sólo los artistas. Comisarios, directores de bienales y de museos raramente se muestran capaces de presentar una alternativa imaginativa dentro del campo de fuerzas de un mundo construido a partir de verdades ideológicas.
He aquí un caso de naturaleza práctica en un escenario aparentemente irreductible. Los Carpinteros -los cubanos Marcos Castillo (Camagüey, 1971) y Dagoberto Rodríguez (Caibarién, 1969)- presentaron en la última Bienal de La Habana la obra Faro tumbado, una gran escultura de factura impecable que les ha servido para ilustrar el cansancio del vigía que, aún perdido, mantiene una fe ciega en la luz de un mirador que permanece activado a pesar de la caída y que le revela a primera vista los obstáculos visibles. Hoy leída, parece la metáfora perfectamente realista de un Fidel Castro viejo y enfermo, que expresa desde su trono de hospital, vestido con un chándal Adidas, su gratitud paternal al pueblo mientras muestra su propia foto de portada del Granma bajo el titular 'Absuelto por la Historia'.
Los Carpinteros nacieron co-
mo un grupo de tres artistas que trabajaban como ebanistas en el proyecto de rehabilitación de La Habana Vieja. Comenzaron a principios de los noventa reivindicando la importancia de lo artesanal y de la cultura popular, coincidiendo con la redefinición de estrategias que experimentó el arte cubano tras el éxodo de intelectuales acontecido tras el derrumbe del muro de Berlín. Castillo, Rodríguez, y un tercero, Alexandre Arrechea, se dieron a conocer en la V Bienal de La Habana de 1994 y en los últimos años su obra comenzó a ser valorada internacionalmente. Hace pocos meses, la Tate Modern compró Faro tumbado por 64.000 dólares.
Hoy, Los Carpinteros viven en una rehabilitada mansión del barrio del Vedado de la capital cubana, una factory millonaria donde también trabaja un dotado equipo de producción. Su -reconocido por ellos mismos- cinismo y su tibieza en relación al régimen castrista les ha proporcionado un estatus envidiable dentro de la isla. Viajan cuando quieren y sus finanzas se encuentran a salvo del control estatal. El "faro tumbado" representa también la caída del vigía, fulminado por su propia luz.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006