Parecía la etiqueta de una botella de sidra. El cuerpo esbelto de un escanciador, la grácil curva de su brazo derecho elevado por encima de la cabeza, el alto, alto, fino hilo de sidra rebotando con estrépito en el borde del vaso sostenido hábilmente con la mano izquierda... Un todo armonioso. Un todo chocante, también. Con la estampa, en efecto, no cuadraban las zapatillas inestables sobre las que se balanceaba el tirador de sidra, que no eran madreñas, pese a terminar en gruesos tacos, sino calzado de ciclista. De ciclista era también el culotte, y la camiseta naranja, sudada, y las piernas. Y la mirada. Era Samuel Sánchez, gran escanciador. Un hombre completo, en efecto, porque el manejo de la botella de sidra y el vaso, el corcho entre los dedos corazón y anular firmemente amarrado, no es lo único que se le da bien. También sabe andar, muy bien, en bicicleta. Y sabe ganar carreras. Y quererse mucho a sí mismo.
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Atacar en descenso es de cobardes, de oportunistas, gritan los que bajan frenando, los que sufren de vértigo, los que prefieren temer a arriesgar. Qué va, qué va, responde Samuel Sánchez, de 28 años, asturiano del Euskaltel. Atacar en descenso es de valientes. Y os lo voy a demostrar. Y lo demostró. Atacó Samuel Sánchez al grupo que había seleccionado el líder Valverde con un fogoso sprint sobre el pavés en los últimos metros de subida al castillo de Cuenca, atacó cuando bajaban, cuando llegaban las curvas complicadas, y mientras todos los que le seguían cerraban los ojos como se hace en la montaña rusa, él, Samuel, los abría grandes, como platos, se iba, se iba, rozando peñascos, comiéndose las curvas. Se fue. Delante de las narices de todos.
"Ha sido espectacular", dijo Samuel, que en el último kilómetro, cuando pensaba que no llegaba, la jauría a sus espaldas, Karpets, el factor K, lanzando a Valverde, sus ladridos trepanándole los tímpanos, aún tuvo la calma necesaria, y la sed imperiosa, para soltar una mano, coger el bidón del soporte y beber un buen trago. "Ha sido una victoria de ésas de sacar el córner y rematarlo. He sufrido, he trabajado. Y no he ganado por arriesgar más, porque en el descenso había que pedalear. He ganado por potencia". Detrás de él, casi encima, Hushovd superó a Valverde, que lanzó la bici con el golpe de riñones final lo justo para rebañar 8s de bonificación.
Ganó por los pelos, explicó que como aprendió antes, a los tres años, a montar en moto que en bicicleta, los descensos son para él pan comido, algo que lleva en la sangre, como el gusto por el motocross, y después lo celebró sirviéndose con buen pulso un culín de sidra y bebiéndoselo. Sí, resulta evidente, Samuel Sánchez no tiene problemas de autoestima, tampoco Alejandro Valverde, el Bala, los padece. Y si en algún momento llega a dudar, se mira en el espejo de cuerpo entero, marca músculos y venas, y se admira; y si no, acelera un poco, comprueba lo demoledoras que resultan sus arrancadas, y sonríe. "Lo de ayer, en la cima, fue un punto psicológico", dice su director, Eusebio Unzue, "y la bonificación, un tiempo que hace que ahora, su diferencia con Vinokúrov, el 1m 46s que le saca, sea la distancia real, pues ya cada uno de ellos se ha bonificado con 40s". Y si pese a todo, Valverde se siente triste, mira melancólico por la ventana de la habitación, siempre encuentra a alguien a su lado que le recuerda lo bueno que es. El mismo Unzue, por ejemplo.
La última contrarreloj larga que disputó Valverde fue la de 43 kilómetros de la Dauphiné Libéré, en junio. Fue el ensayo general de todo lo que había aprendido durante el año para mejorar en la faceta que peor se le da. Trabajo de cadencia, de aerodinamismo... Aquel día, gozó Valverde. Disfrutó porque vio que para andar deprisa no necesitaba desarrollos tremendos, de esos que da gusto llevar cuando se va bien porque parece que vas comiendo el asfalto; ni tampoco ponerse de pie en los repechos, en los momentos duros. Y gozó porque pedaleaba arrullado por las frases que Unzue lanzaba por el altavoz del coche. "Vas sin cadena, chaval, vas que te sales, vas de maravilla en la bicicleta", le decía su director. "Y lo mejor de todo, ¿te das cuenta de que tirando de riñones, yendo bien sentado, también puedes ir deprisa?"
Todo eso, y otro poco de autoestima, necesitará hoy el líder de la Vuelta en la contrarreloj de Cuenca, 33,2 kilómetros, para resistir el asalto de Vinokúrov, que ha prometido sacarle un minuto, para mantener a raya a Sastre, a Kasheckin, a Marchante, a todos los que quieren ganar la Vuelta.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006