Leo la nota "La Pampa se hace francesa" aparecida el domingo último, y un escalofrío me recorre la espalda. Vivo en la provincia de La Pampa, en Argentina, y me da un poco de pánico pensar en unas nuevas invasiones europeas. Claro, que esta vez no serán hombres con bayonetas sino con dinero en el bolsillo (poco para ellos, mucho para nosotros). Leo en la nota: "...la imagen del campesino argentino con una pequeña propiedad, dos vacas y unas gallinitas, es un mito".
No es un mito, existe, aunque claro que convive con ganaderos y agricultores propietarios de miles de hectáreas. Aquí en La Pampa se originó el movimiento de "Mujeres Agropecuarias", que ha trascendido los límites de la provincia y del país. Un grupo de mujeres que comenzó resistiendo estoicamente los remates de los bancos, hace cuatro o cinco años, cuando Argentina pasaba una de sus peores crisis económica e institucional. Ahora recuerdo a una de esas mujeres (falleció hace poco), de setenta y pico de años, viuda, que salía ella misma a trabajar su campo cada mañana y vivía en una humilde casita con la única compañía de sus libros -muchos- en el medio del campo. Y también vienen a mi memoria los pobres chacareros -existen, viven aquí- tercera o cuarta generación de ocupantes de tierras que ahora se enteran que no les pertenece, porque sus papeles no están en regla, porque no consta en ningún lado el dinero que pagaron sus abuelos. Y vienen abogados, de traje y maletín, mostrando pruebas -sólo papeles- de que sus clientes (que visten de traje como ellos) son los legítimos dueños. Disculpen, no puedo evitar sentir náuseas. Para ellos, es un negocio. Para nosotros, es nuestra vida, nuestros hijos, nuestra tierra. Es todo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006