La última jornada de desfiles hizo ayer una conclusión de Cibeles poco equilibrada, con calidades destacables y contrastadas solamente en José Miró, Carmen March, Juanjo Oliva y Carlos Díez; el resto fue perfectamente prescindible e incluso perjudicial para el prestigio del salón madrileño. La desilusión mayor viene de Anke Schlöder, con un desconcertante y pobre trabajo donde la generosidad de volúmenes y tejidos no lograba ocultar el fallo estrepitoso de la estética y los descuidos imperdonables de realización.
Todo lo contrario puede decirse de Carmen March. Con su refinamiento y gusto donde no caben las gratuidades, y ajustando sus siluetas con detalles que se hicieron estilo.
Su compañero de desfile y negocios, Juanjo Oliva, presentó una colección con mordiente y atrevimiento donde los años sesenta están presentes de manera sutil. La combinación de colores ciertamente mondrianesca ayudaba a ese perfil tan definido donde la única concesión al adorno fue una cenefa floral a línea y el volumen de un polisón.
El humor y la transgresión volvió a llegar a la pasarela con Carlos Díez, que fue desde el blanco a la explosión de color, destacando su falda masculina inspirada en el utilykilt.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de septiembre de 2006