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COLUMNA

Ruedas de molino

Les va a sonar: el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y los partidos políticos, que están integrados por humanos, son las únicas organizaciones capaces de colocar las piedras en el sitio justo donde saben que van a tropezar con ellas. La configuración de las candidaturas en Andalucía para las próximas elecciones municipales lo demuestra. De nuevo, los partidos están mostrando poca preocupación por la ética y prácticamente ninguna por la estética. La presunción de que el ejercicio de la política se sustenta sobre la honradez de los cargos públicos es la principal exigencia de un sistema democrático. Por lo tanto, las dudas que una organización tenga sobre cualquiera de sus candidatos debe ser motivo más que suficiente para apartarlo, ya que en ello se juega su credibilidad ante los ciudadanos.

La espiral de denuncias que salpica a un buen número de ayuntamientos en España, y que en Andalucía ha tenido a Marbella como ejemplo de hasta donde puede llegar la corrupción política, está provocando que demasiados ciudadanos asocien la gestión municipal con determinadas prácticas delictivas. Esta circunstancia hace imprescindible que los partidos demuestren de forma inequívoca (siempre, pero ahora más que nunca) su rechazo frontal a este tipo de actuaciones. Los partidos debieran hacer desaparecer de sus organizaciones a personajes que buscan un cargo público no para servir a los ciudadanos que los eligen, sino para servirse de ellos. El problema al que se enfrenta la democracia no es pequeño: un creciente desinterés de la ciudadanía por la administración que tiene más cerca, los ayuntamientos. Y eso ocurre cuando, además, esta institución está viendo mermado su peso político por el poder cada día mayor que el Estado otorga a las comunidades autónomas.

Pese a ello, las listas de aspirantes a alcaldes para las municipales de 2007 en Andalucía amenazan con incluir un número no desdeñable de dirigentes inmersos en procesos judiciales o que están siendo investigados por malversación, favoritismo, prevaricación o delito urbanístico. Evidentemente, sobre ninguno de ellos pesa una sentencia firme y ésa es la doctrina a la que se agarran los partidos para mantenerlos en el cargo, dilapidando los cacareados códigos éticos que ellos mismos se han creado y que sistemáticamente incumplen. Tampoco parece que van a escasear en estas listas electorales los cargos públicos que abandonaron sus siglas para convertirse en tránsfugas, tras promover extraños maridajes políticos en contra del criterio del partido por el que resultaron elegidos. Algunos son de nuevo recuperados para la causa, que no es otra que garantizarse una alcaldía teniendo como cabeza de cártel al militante que ellos mismos expulsaron. Guardando de nuevo en el cajón esos numerosos pactos contra tránsfugas que nadie cumple, mientras se preparan los próximos brindis que harán al sol que más calienta.

Este periódico publicó hace unos días un informe de los municipios andaluces dónde aspiran a repetir algunos de estos avispados dirigentes, y lo más desmoralizante ha sido comprobar que incluye candidatos de las cuatro grandes formaciones políticas de Andalucía (PSOE, PP, IU y PA). No se salvaba ni una. Por ahora, es el único consenso de la legislatura, el incumplimiento sistemático de lo que ellos mismos proclaman.

Se acercan las elecciones municipales. Cada partido saca brillo a la vara que tiene para medir la ética de los demás y se guarda para él la vara de medir sus propios cálculos electorales. Y lo mismo le sirve al PSOE como cabeza de cartel el alcalde tránsfuga de Gribaleón, que a Izquierda Unida el alcalde de Camas imputado por el intento de compra de una ex concejal. O al PP el primer edil de Rota acusado de prevaricación, y al PA un candidato en Sanlúcar de Barrameda condenado a un año de prisión. El listado es mayor y se irá incrementando según se vaya acercando el mes de mayo. Tras las elecciones, los partidos tropezaran con las piedras que ellos se han colocado. Y a los ciudadanos volverán a pedirnos que comulguemos con esas piedras, aunque sean auténticas ruedas de molino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2006