El suceso apenas ha merecido unas líneas en la prensa local, pero vale la pena recordarlo. Una vez más, la realidad supera a la ficción, literal. El miércoles por la noche hubo una estampida en el cine Lys, en pleno centro de Valencia. Catorce historias transcurrían en las pantallas. En una de ellas proyectaban World Trade Center, la producción norteamericana sobre el atentado a las Torres Gemelas.
Eran sobre las once y media de la noche, según el relato de uno de los espectadores que asistía a la proyección. Sucedió "justo en el momento", explica, "en que estábamos viendo cómo caía la segunda torre y los policías miraban hacia arriba estupefactos". "Es una secuencia", recuerda "de bastante silencio y metidos en esa situación, oímos gritar en la sala: ¡Un moro ha dejado una mochila! ¡Salid corriendo! ¡Todos fuera!". Nadie esperó a que el personal del cine diera la orden de desalojo. El centenar de espectadores se precipitó escaleras abajo. Todos menos uno, el joven que había dejado la mochila en su asiento para ir al lavabo y que, al regresar a su localidad, advirtió atónito que la sala estaba vacía. El personal de seguridad y una patrulla policial comprobaron que no había nada anormal, pero el joven fue trasladado a la Jefatura Superior de Policía para ser identificado, ya que no llevaba documentación.
La historia no es nueva. El pasado 30 de agosto Pablo Gutiérrez Vega, profesor de Historia del Derecho de la Universidad de Sevilla vivió una amarga experiencia. Los pasajeros del vuelo que tomó en Palma de Mallorca con destino a Dortmund (Alemania) le obligaron a bajarse del avión y a revisar su equipaje porque tenían miedo de que fuese un terrorista islámico. Pablo Gutiérrez Vega tiene 35 años, tez morena, cabello rizado y una poblada barba negra. Tras las comprobaciones de la documentación y el registro del equipaje pudo regresar a la aeronave. Nadie, entre el centenar de pasajeros, le pidió disculpas.
El miedo, una vez más. Como el que ha llevado a la suspensión de un montaje de Idomeneo en Berlín, porque en la puesta en escena que Hans Neuenfels hacía de la partitura de Mozart se exhibía la cabeza cortada Mahoma, junto a las de Jesús y Buda, igualmente decapitadas. Miedo, pavor, pánico. Como el que está detrás de los cambios que se están introduciendo en las fiestas de Moros y Cristianos de muchos pueblos y ciudades valencianas. O como el miedo que llevó a la suspensión en Madrid del espectáculo de Pepe Rubianes Lorca eran todos. Una censura que mostró el aspecto más tétrico de la derecha española.
Sin embargo, la izquierda, a diferencia de lo sucedido en casos como el de Rubianes, apenas reacciona cuando la amenaza viene del islamismo. Para gran parte de la derecha española, tan ligada al catolicismo ultramontano, la autocensura ante el islamismo radical conlleva no pocas ventajas. Una sería poder lucir una pátina de moderación frente al fundamentalismo musulmán. Otra, estar en condiciones de exigir un respeto paralelo. El discurso islamista vuelve a poner a la religión en el primer plano del debate político. Sin embargo, no se entiende muy bien qué hace una parte muy importante de la izquierda acogiéndose a esa forma de suicidio político que es el relativismo cultural. Puede que sea un error tan grave como el que cometió en el siglo XX mostrándose comprensiva (otra forma de relativismo) con las dictaduras comunistas. Ese relativismo ante el islamismo no deja de ser un paternalismo que, como ha explicado Josep Ramoneda, responde a una conciencia de culpabilidad colonialista. Daniel Barenboim, al analizar la cancelación de Idomeneo, constataba (EL PAÍS 4/10/06) que "al censurar nuestro propio arte por miedo a insultar a un grupo determinado de personas no sólo limitamos el intelecto humano en general, en lugar de ampliarlo, sino que insultamos la inteligencia de un gran número de musulmanes y les negamos la oportunidad de demostrar su madurez de pensamiento".
La batalla por el laicismo, por la educación para la ciudadanía de absolutamente todos, vuelve a ser central. Mientras tanto hay que enfrentarse al miedo, aunque sólo sea para que no cunda el pánico, pues como nos enseñaron los filósofos, el que teme el sufrimiento sufre ya lo que teme.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2006