La mayor diversidad cultural y religiosa en la que vivimos en Europa y otros lugares obliga a esmerar el respeto hacia las creencias, símbolos y modos de vida de todos los que intentan convivir en una misma sociedad. Con un límite, el de la libertad de expresión tal como lo fijan las leyes. Esta diversidad, en números significativos, es nueva para una España que, hasta hace relativamente poco, era tierra de emigración y no de inmigración, y no se refiere sólo a los musulmanes sino a otras diferencias. Que se suprima la mahoma, la figura cuya cabeza acababa hecha añicos en las fiestas de Moros y Cristianos de Alcoi, entra dentro del respeto, y no meramente de lo "políticamente correcto". Como lo es reconocer que llamar "moros" a los árabes es despectivo, aunque, significativamente, sean más en las fiestas los que quieran disfrazarse y actuar de moros que de cristianos.
El límite está en lo razonable frente a lo que constituya insulto o afrenta, y en ampliar el espacio de lo secular, desde la educación a la sanidad, para evitar que se vea contaminado por la religión. Ahí está otro conflicto con la sugerencia del ex ministro de Exteriores británico, Jack Straw, contra el porte del velo islámico no sobre el pelo, sino tapando la cara, que ha provocado una tormenta política en el Reino Unido.
Los límites, incluido si alguien puede ir con la cara tapada por la calle, son los que fijan las leyes. De otro modo, se estarán socavando los pilares de unas sociedades llamadas a ser más diversas. Los nuevos muros mentales o de expresión puede impedir la convivencia y dejarla en mera y problemática coexistencia. Una cosa es que todos, por respeto, y especialmente los cargos públicos, piensen bien lo que vayan a decir y otra muy distinta y rechazable es verse obligado a callarse por miedo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2006