No han dominado las primeras planas de la prensa escrita ni las caretas de los telediarios, pero son excelentes noticias. Podemos celebrarlo. Que el niño muerda al perro es, en efecto, una buena noticia en el peor sentido periodístico, de la misma manera que Neruda, según el malicioso Juan Ramón Jiménez, no fue otra cosa que un gran mal poeta. Pero esta vez hablamos de noticias sencillamente buenas. Noticias bomba hay, para nuestra desdicha, demasiadas a diestra y siniestra. Los acontecimientos positivos, sin embargo, también tienen derecho a ser vistos. Y nosotros el gusto y el deber de mirarlos y verlos. El hecho -la noticia excelente, una de ellas- es que en Vizcaya, gracias a su Diputación, se ha querido y podido (a veces, querer sí es poder) universalizar el derecho de los ancianos dependientes a una plaza residencial.
Quiere decirse que a la norma foral sobre residencias se le ha dado la vuelta necesaria. En adelante, nadie quedará excluido por rebasar un determinado nivel de renta. Las personas mayores que precisen ingresar en un centro geriátrico pagarán en función de sus ingresos. Nada más razonable. También se facilitará el reagrupamiento familiar en los casos de padres con hijos dependientes mayores de cincuenta años. Ignoro si algo tiene que ver con esta buena nueva la Ley de Dependencia timoneada en Madrid. En todo caso, que el Gobierno central haya puesto sobre el tablero el gran asunto, la gran asignatura de los viejos, y que el hecho genere competencia es también, puede serlo, otra buena noticia. Igualar por arriba (aunque sepamos que no siempre es posible) debería ser el lema de quienes administran el dinero de todos, que a menudo confunden con el suyo o manejan con celo partidista aquí y allá, unos y otros.
El presente, con esa mala prensa que lo acompaña, necesita noticias como ésta, como las que no dejan, sin embargo, de sucederse lenta pero continuamente. Como la de que el Ayuntamiento de Bilbao decida destinar el 0, 7 % de su presupuesto a la cooperación al desarrollo. El equipo de gobierno ha decido establecer que el porcentaje "podrá ser incrementado, pero nunca rebajado". Otra buena noticia que nos hace mejores y no nos deja sordos como la delirante carrera de automóviles que atravesó la urbe hace un verano, enajenó una plaza y nos dejó un reguero de gasolina y deudas que nadie pagará, que pagaremos todos. O el dinero gastado en pan y circo durante la Semana Grande, con la contratación de grupos musicales por cifras millonarias. La ciudad, las ciudades convertidas en parques de atracciones. Los ciudadanos vistos o tenidos como niños eternos que demandan diversión y espectáculo. La búsqueda o el aseguramiento del voto a cualquier precio (el precio del caché de cualquier banda o famoso cantante) como pauta política.
Este pequeño país, ya ven, produce cuando quiere excelentes noticias. Este pequeño país (llámelo como quiera, señor Lizundia) necesita estas buenas noticias. Necesita presente como lo necesitan los mayores que circulan en sus sillas de ruedas y se aferran a él (no al futuro) y olvidan el pasado y lo que quieren es un día de sol, una buena noticia y una buena atención y, a ser posible, una buena palabra. A mí el nombre del país me da lo mismo. Carezco de pruritos filológicos. "Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas", pedía Juan Ramón (que no termina nunca de decirse ni publicar sus libros). Y el corazón, su lógica cardiaca, la inteligencia honda de su cámara oscura nos dice que el nombre exacto de las cosas es el nombre del hombre (y la mujer y el niño y el perro que me mira mientras tecleo estas líneas). Este país tiene el nombre y apellidos de todos esos hombres y mujeres mayores que podrán, sea cual sea su renta, ser asistidos cuando lo necesiten, es decir, ahora mismo, mañana.
Nos obsesiona tanto el dichoso pasado y vivimos tan hipotecados por el futuro que olvidamos el humilde presente, el necesario y único presente. Uno tiende a pensar, de modo inevitable, en el futuro que dejará a sus hijos. Pero, a pesar de todo, uno no deja de desconfiar también de esos políticos (sobre todo, políticos) que no hacen otra cosa que hablarnos del futuro esplendoroso que nos aguarda y glosar un pasado mitológico. Deberían esmerarse y mejorar nuestro humilde presente. Darnos cada mañana, con el pan, una buena noticia. Bastaría.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2006