La guitarrista de Dover, que acaba de sacar Follow the city lights, cruzó el Atlántico para ver a Pearl Jam. Y ni siquiera tenía entrada.
¿Cómo se le ocurrió?
Era muy fan. Entonces habían pegado a lo bestia y tocaban en su ciudad, Seattle, al norte de Estados Unidos. Iban unos amigos y me apunté. Me compré un billete a Nueva York y de allí a Seattle, y el vuelo se retrasó cuatro horas.
¿Y consiguió entrar?
Llegué una hora antes del concierto, pero estaba todo vendido. Cuando ya me di por vencida se me acercó un chico y me vendió a precio normal la entrada de alguien que no había podido ir.
Increíble. ¿Y el concierto?
Buenísimo. Después, nos quedamos dos días e hicimos una excursión a Mount Helen. Hay una reserva india, osos salvajes...
¿Durmieron allí?
No, soy poco aventurera.
Bueno, depende de para qué.
Efectivamente. Por la música sí hago locuras. Un año antes fui a Hawai a ver a Nirvana.
Eso supera lo anterior. Cuente.
El periodista Paco Pérez-Bryán preguntó en su programa de radio en broma que si alguien se apuntaba a ir a Hawai a ver a Nirvana. Y no llamó nadie más que yo.
Buf. ¿Y el viaje?
Tardé dos días en llegar. El concierto era en una sala pequeña. Fue increíble. Kurt Cobain salió a tocar en pijama y con un ambientador de pino al cuello.
¿Y Hawai?
Recorrimos Maui, llena de cultivos de piña y playas alucinantes, muchas de las cuales estaban medio desiertas. Lo recuerdo con cariño, pero estaba como en una nube.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de octubre de 2006