A PARTIR de un conocido cuadro, el titulado Gótico americano (1929), del pintor estadounidense Gran Wood (1892- 1942), donde se representa, en primer plano y posición frontal, a una pareja del Medio Oeste del país, ambos en edad madura, con sus respectivas figuras recortadas de medio cuerpo sobre el fondo arquitectónico de una casa rural característica, flanqueada por siete árboles, todo ello pintado con el prolijo verismo y la rigidez propios de un estilo algo naíf, el también escritor estadounidense Guy Davenport, en el libro El museo en sí (Pre-Textos), hace, primero, un minuciosísimo inventario de todos y cada uno de los elementos que en dicha pintura son discernibles -más de un centenar- y, luego, los va descifrando, no sólo en función de su significación simbólica inmediata, sino remontándose hasta el origen histórico y geográfico donde surgieron. El resultado de este formidable esfuerzo erudito-crítico de Davenport, que no perdona ni tan siquiera la arqueología de un simple ojal de solapa, es, sin duda, aleccionador, pero, sobre todo, fascinante, en el doble sentido que hay en este último término de alucinante concatenación surrealista y, por consiguiente, de infinita irradiación significativa, algo que ciertamente debe acompañar a toda obra de arte verdadera, que lo es como logrado microcosmos. Pues bien, tras leer las casi decena de páginas que dedica Davenport al comentario del cuadro de Wood, inserto en el capítulo primero de su libro, La geografía de la imaginación, no sólo nos percatamos de la complejísima urdimbre de hechos culturales que se entretejen en un lienzo sobre el que antes habíamos comprendido apenas un par de insustanciales notas tópicas, sino que quedamos por completo convencidos del vértigo infinito que comporta enfrentarse con el mundo a través de la imaginación, la facultad donde surge y se abreva el arte desde su origen.
Pero el conjunto de variados ensayos que se suceden en el libro de Davenport no se limitan, ni mucho menos, a escarbar sólo en el terreno de las imágenes plásticas, sino que otean todos los campos de la expresión artística, sin olvidar ninguna especialidad, ni género, ni, por supuesto, época, y, lo que es aún más admirable, sin que todo este galimatías deje de estar interrelacionado entre sí. Por lo demás, no se puede acusar a Davenport de no avisar de que nos iba a zambullir en este abisal trasfondo cuando tituló su libro como El museo en sí; esto es: de que nos iba a introducir en ese laberinto de la memoria que es un museo, una institución que emergió históricamente como tal asociada a una biblioteca, la mítica Biblioteca de Alejandría.
Pero etimológicamente el término "museo" significa "lugar de las musas", o, si se quiere, que un museo es, en efecto, el lugar donde se almacenan objetos con la esencial finalidad de inspirar artísticamente a sus visitantes o usuarios, y no simplemente con la expirante de atiborrarles de información; esto es: el lugar donde el contemplador o el lector establece relaciones -intenta descifrar- lo que allí se reúne y exhibe, provocando la conversación interminable entre el presente y su remoto pasado. Como bien señala e ilustra Davenport, la llave de esta maravillosa dialéctica es la imaginación, esa facultad, en absoluto arbitraria, por la que el conocimiento deviene pura exploración del origen.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006