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Análisis:TEATRO

No Sweet Caroline

Parecía que la vida de Tony Kushner estaba condenada a no tener segundo acto, según la tradición de Broadway, tras el éxito apabullante de Angels in America, el mayor hito del teatro americano contemporáneo. Su siguiente obra, la compleja y valiente Homebody/Kabul, se estrenó poco después del 11-S: malos tiempos para la reflexión en claroscuro. Kushner desapareció de la escena y volvió la mirada hacia las fuentes de su infancia en el Sur para resucitar con Caroline or change, un musical que hará historia, un derroche de talento, complejidad y belleza, con partitura de Jeanine Tesori, la compositora de Throughly Modern Millie, y puesta en escena del mítico George C. Wolfe, artífice de Angels y gran renovador de musical negro: ahí quedan las cumbres de Jelly's Last Jam, Bring In 'Da Noise Bring In 'Da Funk o The Wild Party. La producción recién estrenada en el National londinense es la misma que la de Nueva York, con reparto británico pero manteniendo a su protagonista original, la deslumbrante Tonya Pinkins, casi una reencarnación de la joven Mahalia Jackson.

A propósito de Caroline or change, el nuevo musical de Tony Kushner, estrenado en Londres

Lake Charles, Luisiana, 1963, entre dos asesinatos: Kennedy y Luther King. Una mansión con dos plantas. En el piso superior viven los Gellman, una familia judía adinerada. Noah, 9 años, acaba de perder a su madre y busca una sustituta en la criada Caroline, la orgullosa reina del sótano. Habría que remontarse a la enfermera Nellie Forbush de South Pacific para encontrar otra protagonista tan áspera y con tantas sombras. Caroline Thibodeaux no es simpática ni bailona ni un crisol de sabiduría popular. No hay tiempo ni espacio para clichés blancos cuando eres casi analfabeta, te has separado de un marido violento, tu hijo mayor está en Vietnam y has de sacar adelante a los otros tres con un salario de 30 dólares a la semana. Caroline vive convencida de que el lugar de un negro está en el sótano y se niega a ser madre suplente porque sabe que Noah y ella siempre serán amo y criada. Todo lo que sucede más allá de su imperio subterráneo le da pánico. Una hija, Emmie, que habla de "derechos civiles". Una amiga, Dot, que pretende "emanciparse" acudiendo a la escuela nocturna. Los únicos interlocutores de Caroline son sus compañeros de sótano: la radio, la lavadora, la secadora. Tony Kushner sembró de ángeles el pisurrio de un enfermo terminal de sida y ahora hace cantar a los electrodomésticos, y a la redonda luna de Luisiana, parienta de la que Lorca imaginó en Bodas de sangre, y al autobús que anuncia tiempo tormentoso tras la muerte de JFK. Caroline or change es casi una ópera, con escasas frases habladas: un musical absoluto, la celebración de un siglo de gloriosa música negra. Caroline canta en clave de blues y gospel, aunque su último y desesperado lamento es un rant en la línea del Rose's Turn de Gypsy. Del aparato de radio brotan, como no podía ser de otro modo, tres afiebradas coristas de Motown (Ramona Keller, Joy Malcolm, Nataylia Roni), vestidas de lamé dorado y con moños vertiginosos. La lavadora (Malinda Parris) canta como Gladys Knight, y la luna (Angela M. Caesar) es una soprano doliente con el turbante níveo de Bessie Smith. El reparto cuenta con dos estrellas del Donmar Warehouse: Clive Rowe, un pedazo de bajo barítono que interpreta a la secadora con la turbulencia sexual de Billy Stewart y al apocalíptico autobús como si fuera el espectro de Paul Robeson, y Anna Francolini en el rol de Rose Stopnick, la sofisticada judía neoyorquina que se convertirá en madrastra del pequeño Noah. Por lo que respecta a la "música blanca", Jeanine Tesori ha recurrido a grandes manes tutelares, soberbiamente asimilados. La impronta de Rodgers & Hammerstein no sólo se detecta en el aristado perfil del personaje central sino también en las canciones de Emmie (Pippa Bennet-Warner), la hija anhelante y rebelde. Frank Loesser guía las intervenciones de los muy conservadores abuelos Gellman (Valda Aviks, Ian Lavender) y, faltaría más, Sondheim es el santo patrón del piso superior, ya sea en su faceta lírica (el niño Noah, a cargo de Greg Bernstein), desolada (Stuart, el padre viudo: Richard Henders) o suavemente irónica, como corresponde a los perfiles de Rose Stopnick y su padre (Hilton McRae), un judío marxista que aterriza para dinamitar la calma aparente de la Channukah en una escena que combina admirablemente comedia y drama y es, a su vez, un hermoso homenaje a la bulliciosa y melancólica música klezmer.

El change del título alude a los cambios del periodo histórico y al duelo de los Gellman, pero también a un conflicto casi victoriano que detonará un cataclismo moral de sutileza infrecuente, en la línea de las parábolas de Rohmer. Para ayudar a Caroline, Noah finge olvidar la calderilla de su soldada (change) en los bolsillos de la ropa que la criada lava a diario; dinero que ella se niega a aceptar, por orgullo y por ética, hasta que Rose le obliga a quedárselo, presuntamente para "aleccionar" al niño. Kushner desmonta la hipocresía liberal de esa propina que no compensa un sueldo misérrimo y también revela, como no tarda en intuir el viejo Stopnick, la maniobra inconsciente de la joven madrastra para romper el vínculo. Un billete de veinte dólares quebrará la determinación de la protagonista, abriendo un abismo insalvable donde estallan todas las tensiones acumuladas, la falta de amor, los racismos respectivos. Todos tienen sus motivos para actuar como lo hacen. Kushner es un dramaturgo adulto, que comprende las contradicciones y debilidades de sus personajes, y lo bastante lúcido como para negarnos un acomodaticio final feliz. En la última y desgarradora escena, Caroline y Noah mantienen un diálogo imposible, como si sólo pudieran encontrarse en sueños, compartiendo la misma oscuridad: ella fumando en el porche de su casa, rendida y con el corazón petrificado, él llamándola desde su cama en lo alto de un magnolio, como Little Nemo, imagen de una infancia irreal que ha quedado atrás para siempre. Truman Capote no lo hubiera contado mejor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006