En un pasaje determinado de El arrecife, la nueva novela del escritor colombiano Juan Carlos Botero, sale casi como de pasada el nombre de Santiago. Ello no tendría ninguna relevancia si sólo se tratara de un nombre, pero inserto en un contexto marítimo, alrededor de corales, de costas tan accidentadas como peligrosas, de cayos, de pescadores y gente experta en presagiar desgracias como de desafiarlas, uno no tiene más remedio que acordarse de Hemingway. Es verdad que antes podríamos hablar de Joseph Conrad. Pero el pescador Santiago, el niño que relata y a la vez es relatado por una voz omnisciente, el viejo Ernesto que desborda generosidad pedagógica y vital, ante esa circunstancia no hay más remedio que volver a El viejo y el mar. Juan Carlos Botero ha escrito su novela bajo la tutela de estas claves. Es evidente que él conoce el riesgo de las fáciles identificaciones. Si el clásico texto del escritor norteamericano es breve, Botero ha diseñado una novela de largo aliento. Si una es de construcción clásica, la otra es proclive al vanguardismo. Si la escritura de Hemingway es sobria, la de Botero prefiere el fraseo amplio.
EL ARRECIFE
Juan Carlos Botero
Belacqua. Barcelona, 2006
466 páginas. 22 euros
El arrecife es una novela de formación. Su tema central, alrededor de un símbolo (el arrecife), es el cierre de una edad y la introducción a la adultez. Botero no orilla lo que todo relato de este tipo exige: dosis a partes iguales de pena y esperanza. Con manejar todos estos elementos, sobre todo la relación hombre y naturaleza, Botero no termina por lograr esa tensión casi metafísica que sí obtuvieron los maestros. Por momentos el relato se vuelve ñoño, hay una blandura que casa mal con una materia que hubiera exigido mayor síntesis expresiva y una mayor exactitud en el dibujo de las emociones. También incurre Botero en una ya proverbial patología en la narrativa que se escribe en español: una injustificada alternancia en el uso de las voces narradoras, tal vez porque creyó que mezclándolas su historia ganaría en emotividad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006