Cuando el poeta James Schuyler (Chicago, 1923-Nueva York, 1991) publicó Alfred y Ginebra (1958), su biografía incluía estudios académicos abandonados a causa de su dedicación al bridge, la expulsión de la Marina por su condición de homosexual y un viaje a Italia en 1947, acompañado de Bill Aalto, conocido antifascista que peleó al lado de la República en la Guerra Civil española y a quien Schuyler abandonó después de que éste le atacará con un cuchillo. En esa época trató a W. H. Auden y fue su secretario mecanografiándole alguno de sus escritos. De vuelta a Nueva York, Schuyler inició un periplo por hospitales psiquiátricos que duraría años. Sus primeros ingresos señalan como causa episodios místicos durante los cuales mantenía conversaciones con la Virgen que le advertía del juicio final. Se relacionó con John Ashbery (con él escribió una novela), Kenneth Koch y Frank O'Hara. A los cuatro se les conocería como la Escuela de Nueva York de poesía. Schuyler ganó el Premio Pulitzer en 1981 con The morning of the poem.
ALFRED Y GINEBRA
James Schuyler
Traducción de Mario Jurado
Pre-Textos. Valencia, 2006
164 páginas. 17 euros
Alfred y Ginebra, la prime
ra novela de Schuyler, es una historia minúscula y deliciosa que protagonizan dos hermanos y que ensalza lo insustancial de los diálogos infantiles, pues es esa misma levedad la que deja constancia de la intensidad que las palabras tienen en la niñez, ese tiempo pequeño que se agarra a la memoria y que perdura. En la novela, los adultos no serán sino meros transeúntes sin posibilidades de protagonismo, simples evocaciones de estos niños que no hacen sino relatarlos y relatarse con frases hurtadas a las revistas, al cine y a la literatura infantil. Con su ingenua y punzante suplantación, los dos hermanos logran atravesar las trincheras del hogar. Ginebra, de unos diez años, aportará la determinación de Jo, en Mujercitas, pues se sentirá preparada tanto para la gestión empresarial como para bailar en los escenarios "ballet o flamenco", aunque la aderezará con conocimientos extraídos del más sofisticado consultorio sentimental: "Si actúas como si estuvieras un poco sorda la gente tiene que acercarse para hablarte. De ese modo resulta más íntimo y seductor".
A los sueños no hay más que darles voz, y Alfred y Ginebra así lo hacen, y algo hay de Tom Sawyer en sus deseos aventureros, pero también el pequeño Alfred junto a su amigo Stanley pertenecen al mundo de Guillermo, de Richmal Crompton. La clara y lograda vocación de ironía e ingenio de esta novela convierte su lectura en un verdadero placer, pues la mirada de Schuyler a la infancia resulta sorprendente y atrevida en su propia ligereza. Lo dicho, una auténtica delicia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006