Pánico en los ayuntamientos. Desde que se abrió la veda de los ediles corruptos, en los consistorios andan repasando legajos y tentándose la ropa por si han hecho algo mal y terminan saliendo en los papeles, como esos cuatreros de leyenda cuyo rostro aparecía en los cartelones bajo un escueto "se busca". Así están mientras sus partidos se lanzan a una carrera de acusaciones en la que lleva camino de valer todo.
Cabalgando desbocados sobre el aberrante "y tú más", sus líderes elevan el tono de las denuncias en el intento de que los suyos aparezcan algo menos sucios que sus inmundos rivales. Por desgracia, es lo más creativo que se les ocurre para salvar sus siglas de la quema y evitar que el olor a charcutería atufe a su electorado en plena cuenta atrás de los comicios locales y autonómicos.
Los responsables políticos tienen la obligación de tirar de la manta sin tibiezas
Lo cierto es que cualquiera que gobierne un Ayuntamiento dispone de dos varitas mágicas muy tentadoras: el dedo en las grandes adjudicaciones y la recalificación de suelo. En ambas se pueden obtener jugosas comisiones, si bien la segunda tiene la propiedad de disparar plusvalías o convertir un sembrado de cebollinos en una mina de oro sin víctimas reconocibles.
Ambas, en cualquier caso, requieren la oportuna complicidad de un hada madrina o, para ser más preciso, de un padrino mafioso. Por minúsculo que sea el municipio, el alcalde está en condiciones de hacer ensalmos de esta naturaleza invocando el supuesto progreso de su pueblo y llevándose, de paso, un buen mordisco que alegre su existencia.
Lo pueden hacer y es obvio que algunos lo hacen estimulados por la inquietante posibilidad de que un mal día pierdan las elecciones y la carroza vuelva a convertirse en calabaza.
Hay otra versión, matizada, del cuento. Es aquella en que el alcalde utiliza abusivamente su varita mágica para tornar bosques y prados en ladrillo y cemento con fines puramente recaudatorios.
Son dineros que precisan para sanear las siempre maltrechas arcas municipales, financiar obras o prestar servicios a un vecindario al que hay que seducir si se pretende contar con su preciado voto. Aunque el suyo tampoco es un comportamiento ejemplar, resulta obvio que es bastante menos indecente.
En la actualidad, la inmensa mayoría de los ayuntamientos acomete grandes obras o fuerzan normas urbanísticas, y no siempre es fácil determinar quienes lo hacen movidos por lo que consideran interesante para su pueblo y los que se mueven por interés propio.
De hecho, más de uno empezó barriendo sólo para el pueblo y terminó persuadiendo a su conciencia de que ya se merecía barrer un poco para casa. Especialmente nocivos son los que además de trincar para ellos lo hacen para el partido, extendiendo la corrupción y urdiendo las tramas que dan cobertura y protección a los corruptos. Ese combinado quiebra como ninguno la confianza en el sistema hasta convencer a la opinión pública de que todo en política es mierda. Una percepción profundamente injusta para los servidores públicos que se dejan la piel trabajando honestamente y a los que, sin embargo, meten en el mismo saco de la sospecha.
Por su bien y el del conjunto de la sociedad, los responsables políticos tienen la obligación de tirar de la manta sin tibiezas, empezando por limpiar la propia casa. No hay que poseer las facultades de un lince para percibir el olor a podrido que despiden algunas poblaciones de la región en cuanto cruzas las lindes del término municipal. Las estructuras de partido suelen tener buena información y saben mejor que nadie cómo actúan sus cargos públicos. La realidad es que lejos de desmarcarse de quienes les desprestigian suelen volcarse en buscar la paja en el ojo de sus rivales, sin abochornarse de que la viga atraviese el propio. Así se imponen las cortinas de humo, el ventilador, y el difama que algo queda. Sus broncas por demostrar que los otros partidos alojan más chorizos que el propio carecen ya de solvencia, confunden a la opinión pública y proyectan una imagen de la política muy parecida a la cueva de Alibabá. El problema no está en las siglas, sino en las personas. Sólo con transparencia plena, un compromiso firme por la honradez e implantando controles que conjuren la tentación y el delito pueden recuperar su ahora maltrecho crédito. Sólo la honestidad y el servicio al ciudadano puede mantener erguido un estandarte.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006