Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Polvorín paquistaní

Al presidente Pervez Musharraf se le acaban las palancas para combatir el creciente fanatismo violento en Pakistán. La última manifestación de la pujanza imparable del terrorismo islamista ha sido el atentado suicida esta semana en el que resultaron muertos 42 reclutas desarmados mientras se entrenaban en su cuartel de una región fronteriza con Afganistán. La peor matanza cometida contra el ejército es respuesta directa al bombardeo con misiles por helicópteros paquistaníes -la semana pasada y con ayuda de inteligencia estadounidense- de un aparente centro de adiestramiento terrorista camuflado de escuela religiosa, también cercano a las montañas de la frontera afgana, en el que murieron al menos 80 personas.

Pakistán es en su conjunto un escenario altamente inestable. Pero la situación es especialmente alarmante en los límites con Afganistán, una vasta raya de más de mil kilómetros donde Islamabad no cuenta y las leyes y códigos son dictados por las tribus que la habitan. En este polvorín occidental (Bajaur, Waziristán) la situación no ha dejado de agravarse desde que en 2003 las tropas del general Musharraf, a instancias de Estados Unidos, comenzaran sus operaciones de limpieza contra el terrorismo islamista. Del desafío lanzado por la plétora de movimientos pro talibán de la zona forman parte los dos atentados con el sello de Al Qaeda a los que ha sobrevivido el dictador Musharraf, un crucial aliado de Washington en Asia central. Ayer mismo, un líder tribal pro gubernamental y sus acompañantes eran volados por una mina en el sur de Waziristán.

Para intentar cercar al fundamentalismo armado que amenaza los frágiles cimientos paquistaníes, Musharraf ha intentado tanto la vía del apaciguamiento como la de la aniquilación. Pero ni una ni otra funcionan. Ni los cada vez más intensos y frecuentes ataques de las fuerzas armadas -por lo demás profundamente infiltradas- contra los campamentos fronterizos han conseguido detener el adoctrinamiento y el flujo terrorista hacia y desde Afganistán, ni tampoco los frágiles acuerdos de paz firmados por el Gobierno de Islamabad con algunos dirigentes del cinturón tribal, una de las zonas más deprimidas y atrasadas del mundo y donde Musharraf es considerado un impío peón de Washington. El peligro de este progresivo agotamiento de las opciones se acrecienta a luz del mortífero resurgimiento talibán en el vecino Afganistán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006