Es una manifestación más, aunque quizá especialmente significativa de la naturaleza del castrismo, que la máxima prioridad que parece tener hoy la cúpula del régimen sea saber si podrá o no exponer a su agónico dictador Fidel Castro durante los actos de homenaje organizados con motivo de su 80 cumpleaños, ya pospuestos desde el 13 de agosto hasta finales de este mes.
Los cubanos, acosados por la escasez, la precariedad, la falta de libertades y ahora también la incertidumbre ante el futuro llevan ya cien días viviendo bajo la presidencia "provisional" del hermano del dictador, Raúl, quien se muestra muy poco al público, no despeja ninguna incógnita y despierta muy escasas esperanzas de mejoría. Todo el equipo dirigente del régimen y los medios de La Habana se mantienen firmes recitando esas dos letanías contradictorias que anuncian la reincorporación de Castro al mando supremo al tiempo que aseguran que el partido está ya plenamente dispuesto a heredar el mando y a asumir las riendas.
En La Habana el término "transición" no se pronuncia y el partido comunista parece más decidido que nunca a creerse sus propios lemas sobre la inexpugnabilidad del sistema gracias a esta especie de prestidigitación de ensayar el posfidelismo con un Fidel que ya casi no está pero del que nadie osa prescindir. Algo similar a lo ocurrido en su momento en España. Es imposible predecir cuánto tiempo podrá sostenerse la quimera cuando "el hecho biológico", como aquí se decía, acontezca. Es de esperar que, por el bien de una transición pacífica, los cubanos de dentro y de fuera de la isla mantengan la tranquilidad manifiesta hasta ahora. Después muchas mentiras se disiparán solas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006