Viví en Dinamarca muchos años y leo con simpatía las reacciones indignadas de los lectores a las recientes subidas del agua, un bien de consumo que algunos llaman esencial. A nadie se le escapa hoy en día que todo producto que consumimos tiene asociada una mochila ecológica, en el caso del agua, las aguas residuales vertidas a los ríos cuando tiramos del tapón de la bañera, o el agotamiento de acuíferos que las lluvias de miles de años se encargaron de rellenar. Hace 50 años, nuestras ciudades eran pequeñas, la población vivía más distribuida, y la naturaleza podía con casi todos los jabones, sin que necesitásemos pagar por ello. El agua jabonosa de mi bañera desaparecía de mi mente en cuanto desaparecía de mi vista. Hoy no. En España somos muchos, consumimos más jabón y más agua, hay más y más ríos sucios, y seguimos sin pagar apenas por ello, porque el Ayuntamiento hasta hoy subvencionaba abastecimiento y depuración.
En Dinamarca se entendió hace ya tiempo que la casi gratuidad del agua, un producto esencial también en terminología socialdemócrata, facilitaba su despilfarro. Muchas medidas se intentaron para convencernos para ahorrar, pero aumentar el precio fue la única que los ciudadanos entendimos. El agua pasó de costar 2 euros/metro cúbico en 1990 a casi 5 euros en 2006. El consumo se redujo de 164 litros por persona y día a 109. Por mucho que nos doliese, ponerle un precio más alto a lo que consideramos valioso ha sido la única manera eficaz de gestionarlo. En la deshidratada España, se consumen hoy 174 litros por persona y día, y el precio medio es de 1,3 euros/metro cúbico. Apriétense los machos, que por fin despegamos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006