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COLUMNA

Mercancías

Uno de los fines prioritarios del poder público y de algunos grupos de presión es liberar el mayor número de cosas de la denigrante condición de mercancías. En efecto, hace tiempo se llegó a la conclusión de que ni la sanidad ni la educación son mercancías. Más tarde, el florecimiento de los derechos de segunda, tercera o ulterior generación privó de la condición de mercancía a conceptos etéreos y melifluos. Así, se decidió que la paz no era una mercancía y que tampoco lo eran el medio ambiente o la naturaleza; que la salud no era una mercancía y que no debían serlo la cultura o el bienestar. En los últimos años, se quiere quitar la condición de mercancía a cosas mucho más concretas. El libro, por ejemplo, lleva camino de dejar de ser una mercancía; el agua tampoco será una mercancía. Y acabo de leer al señor Cuellar, representante de la Asamblea por una Vivienda Digna, que quiere que la vivienda deje de ser mercancía. Espero que, de conseguirlo, un logro tan enorme pueda obrar de forma retroactiva, ya que si el señor Cuellar obtiene una vivienda, supongo que me devolverán la parte de más que he invertido en la mía, a cuenta de esa manía tonta de pedir créditos y de hacer el tonto esfuerzo de pagarlos.

Los políticos, los medios de comunicación y la parte más activa de los poderes fácticos luchan para que las cosas dejen de ser mercancías. Es como si la mercancía, las mercancías, fueran objetos infectos, inmorales, que denigran a quien los usa, y aún más a quienes los intercambian. El sólo hecho de que algo sea mercancía humilla y ofende. Volvamos a la vivienda, recurrente paradigma de la dignidad de nuestra especie. ¿Será humillante pasarte años pagando una casa con los réditos de tu trabajo? ¿Será ignominioso contemplar, desde la cumbre de una vida, el esfuerzo que hiciste porque la casa en la que habitas sea tuya, y de tus seres queridos, y en ella entren tus amigos, y la cierres a los que no la merecen? Claro que si esto resulta deshonroso, espanta el modo en que intenta reparar el poder público nuestra maltrecha dignidad: organiza tómbolas en polideportivos municipales, donde se rifan entre decenas de miles de candidatos un ramillete de viviendas en propiedad o alquiler. Vamos, todo un homenaje a la dignidad: los favorecidos por el bombo, porque jamás sabrán si hubieran podido ganársela con el sudor de su frente; los que pierden el sorteo, porque no tienen culpa alguna del mal fario; e incluso los que han comprado casa en el portal de al lado (pero en el mercado libre), por la cara de tontos que se les pone. Todos, en fin, con suerte muy diversa, pero ninguno por sus merecimientos.

Contrasta el horror que suscitan las mercancías con la furiosa mercantilización de las relaciones familiares. Ahí sí que cada movimiento muscular debe ser medido a precio de mercado. Al poder público le irrita el derecho de las personas a comprar y vender, en uso de su libertad, lo que prefieran, pero también el derecho a obrar, en el ámbito más íntimo y cercano, de forma desprendida. Así, la prensa está llena de encuestas, estadísticas e informes en que toda clase de ministerios, organismos y observatorios socioeconómicos detallan el costo de criar y educar a un hijo, el valor monetario de las tareas domésticas, o las desventajas profesionales que acarrea el cuidado de una persona mayor o de un enfermo.

El poder pretende liquidar el carácter mercantil de los objetos, pero también el carácter gratuito de las familias. Donde antes había mercado habrá ayudas y subvenciones. Donde antes había familia habrá ayudas y subvenciones. Y donde antes había conciencia individual muy pronto sólo habrá ayudas y subvenciones. Con esto, aparte de aniquilar la responsabilidad individual, la solidaridad en el seno de la familia y toda una moral basada en el esfuerzo y el trabajo, asistimos a una extraña inversión de los valores: desde las cosas, cuyo precio real está proscrito, hasta las personas, cosificadas por decreto. Cuando mi mujer y yo tuvimos a nuestra pequeña el Gobierno vasco juzgó conveniente devolvernos unos cientos de euros. Ofende el justiprecio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006