La decisión del Athletic de romper relaciones - ¡basta ya!, exclamó airada la presidenta- con la Real Sociedad conmueve. Según las crónicas, la única consecuencia de la iniciativa será que cuando los dos equipos jueguen las directivas no coman juntas. Pero esto es positivismo puro. El asunto tiene mayor enjundia. Nadie monta este número sólo para no comer con alguien, hay formas de evasión más discretas. La medida, trascendente, azuza el estado de guerra permanente entre vizcaínos y guipuzcoanos en lo futbolístico. Hace unos años un chaval de la Real decía que prefería en primera a un equipo de guardia civiles -lo peor que se le podía ocurrir, me pareció- que al Athletic. En Bilbao también, se diga lo que se diga, pocas cosas gustarían más que el descenso a segunda de los vecinos.
No se encontrarán en España tres provincias limítrofes con tantas diferencias políticas entre sí como las nuestras
El asunto viene de atrás. Ya en febrero de 1918 había bronca entre Real y Athletic. "Atentado en Atocha. Los jugadores bilbaínos son bárbaramente agredidos. Un niño gravísimo de una pedrada", resumía un periódico bilbaíno, que contaba cómo los donostiarras arrojaron al Athletic cientos de piedras. "Ni la directiva ni los jugadores realistas dieron ninguna satisfacción a los bilbaínos. Que no se olvide".
Noventa años después seguimos recordando. Somos más fieles a los odios que a los amores, y por un quítame allá esas pajas armamos la marimorena con tal de lucir hostilidades ancestrales. Gusta remover la escoria y emponzoñar el ambiente, que ya de suyo suele venir cargado.
Nuestras tensiones interprovinciales no son sólo futbolísticas, y eso que, de momento, es un misterio por qué las diputaciones de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava no se ponen de acuerdo para modificar el IRPF; quizás sería mejor que cada cual campe a sus anchas, quién va a negarles su derecho a ser y su derecho a decidir. Las luchas banderizas las prueban lo del PNV, el partido especializado en construir Euskadi (si bien desde hace una década ha dado en construir Euskal Herria, que no es lo mismo). Por lo que se atisba, andan a bronca interna y zancadillas, usos que suelen ser la sal de la vida de los partidos y la ilusión de los militantes. En el fondo se adivina la sempiterna bronca entre las provincias hermanas, esta vez entre la Vizcaya nacionalista de Urkullu y la Guipúzcoa egibariana. La reconquista a uñas y dientes del poder guipuzcoano por Egibar y sus posiciones alavesas amenazan al stablishment peneuvista de Vizcaya. Adusto el ademán de los jefes del nacionalismo, quizás las tensiones deriven en otra pelea provinciana, como hace un par de décadas. Cuando se escindió el PNV, la historia devino en una especie de escisión provincial y llegó la moda de los chistes de guipuzcoanos y de vizcaínos, que nos entretuvo durante meses que se recuerdan con nostalgia, un periodo de alborozo.
La sangre no ha llegado aún al río, ni el PNV ha caído en rupturas de relaciones como el Athletic, pero los ejemplos están para señalar, luminosos, los caminos a seguir. De vez en cuando las aguas de las rivalidades se remansan y cuando llega el Partido (el derby) a algún bienpensado se le ocurre organizar la marcha de las dos aficiones juntas, y aunque en la ETB se extasían por el espectáculo -los vascos juntos por fin- el común de los mortales lo contempla con sorna y escepticismo. En una ocasión interrogué a un/a ilustre miembro de nuestro Gobierno de Vitoria por sus preferencias, si el Athletic o la Real. Contestó que de los dos, y doy fe que esta declaración sorprendente indignó a los de ambas aficiones, incapaces de entender tal incomprensión del significado íntimo de nuestras pasiones, que son amor a lo propio y desdén por lo ajeno.
Descontado que ni la Ertzaintza de Vizcaya ni los municipales de Bilbao irán a ocupar Anoeta -no por falta de ganas- para dar su justo merecido a los vecinos, todo se enzarzará; los foros del Athletic y de la Real se llenarán de insultos, hasta que, tras una amorosa reconciliación, las directivas vuelvan a comer juntas y llamen de nuevo al espectáculo sórdido de las aficiones hermanadas marchando hacia el campo de fútbol al son del txistu y tamboril, en plan niños de Hamelín. Con estos mimbres, cabe comprender el cansancio que a veces destila el propio lehendakari. ¿Cómo construir Euskadi -no digamos Euskal Herria- con esta gente? ¿Cómo levantar a este Pueblo Vasco con identidad si por una bagatela de treinta millones de euros (más o menos, el desacuerdo con Madrid sobre el Cupo) las principales entidades de la sociedad civil, las que más arrastran, se echan al monte y dejan de hablarse y, peor, de comer juntas? ¿Podrá nuestro buen lehendakari -por mucho que le ayuden su tripartito y Jonan Fernández- llevar a Euskal Herria por la recta senda, si tiene que lidiar con este paisanaje? Tiene por delante un arduo empeño. Los vascos componemos una unidad de destino en lo universal (y en lo particular) y somos todos de la cuadrilla -un pueblo en marcha-, pero tenemos nuestras cosas. De hecho, no se encontrarán en España otras tres provincias limítrofes -y hermanas- que presenten entre sí tantas diferencias políticas como las nuestras, con votos y elecciones tan diferentes. Menos mal que el lehendakari cree en los vascos (y las vascas) y que, aun a remolque, nos arrastrará hasta el paraíso.
Para más inri, la bronca futboloide sucede en vacas flacas, cuando ambos equipos están en el abismo de bajar a segunda. Si coincidiesen en la gesta y se juntasen allí con el Alavés, podría continuar estas guerrillas que tanto nos motivan. Además, tendríamos una Liga vasca. La segunda división se llama ya Liga BBVA, por el patrocinio de los antiguos Bancos de Bilbao y de Vizcaya. Precursores, los financieros vascos son gente previsora.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006