El valle de Atxondo se encuentra donde nadie se lo espera, a la vuelta de una curva de la carretera, tras abandonar Durango hacia Elorrio en una vía plagada de polígonos industriales. Y con las canteras de Mañaria tan cerca y tan lejos, al mismo tiempo, porque una vez que el forastero se adentra en Atxondo, el eco de cualquier actividad industrial se desvanece. El Anboto y su mítica moradora, la diosa Mari, imponen su presencia y una nostalgia bucólica parece invadir al visitante. Pero que nadie se llame a engaño.
Atxondo era a principios del siglo pasado más moderno y cosmopolita, por ejemplo, que su vecino Elorrio. Así que esa imagen romántica que ofrece hoy el corazón del Anboto no responde del todo a una esencia inmutable: en muchos de sus rincones ha sido el paso del tiempo el que ha reconvertido en bucólicos enclaves lugares donde se levantaron en su día barracones de mineros, hornos de calcinación y vías de ferrocarril desde que a finales del XIX se volviese a poner en marcha una mina de hierro ya explotada entre 1739 y 1751.
Ollargane, levantada en 1519, es la casa popular más antigua de Vizcaya
La publicidad de un establecimiento de Atxondo habla del valle como de un lugar donde "se escucha el silencio". Sin embargo, en 1904, cuando la existencia de la mina impulsó la línea férrea Apatamonasterio-Arrazola, el fragor de los vagones y el ambiente que debían dar al valle los cientos de mineros asturianos llegados para trabajar en la explotación distarían mucho de ese silencio tan publicitado. Aún se recuerdan -sin duda, exageradas por la afición a las leyendas que acompaña al valle- las riñas nocturnas de los días de paga, en las que el vino, la soledad y la tensión de un trabajo embrutecedor sacaban a la luz los impulsos violentos (y en algún caso los cuchillos) de aquella comunidad de jóvenes solteros.
Hoy resulta difícil imaginar estas escenas en el bosque de pinos que ha crecido sobre el poblado. Y, sobre todo, después de que el recorrido del ferrocarril se haya convertido en uno de los paseos más frecuentados de los que permite el valle. Entre una hora y hora y media tarda el excursionista en hacer este itinerario que termina en Errotabarri, donde se hallan las ruinas del poblado minero y de la antigua estación de tren.
Antes, habrá podido disfrutar de algunos de los encantos de Atxondo: sus cuidados caseríos (como Ollargane, que data de 1519, lo que la convierte en la casa popular más antigua de Vizcaya), los últimos restos de vegetación autóctona del valle o la cueva de la Dama de Anboto y el ojo de Bentaneta, en la cara este de la afamada peña. Según los vecinos del valle, en algunos atardeceres después de la puesta de sol tras el macizo, sus rayos atraviesan el ojo, iluminando Atxondo de nuevo.
Atxondo es, sobre todo, lugar de leyendas. Bajo el Anboto, paseando por los verdes prados salpicados por los caseríos de Axpe-Marzana o Arrazola, auténticas muestras de esta clásica construcción unifamiliar, es buen momento para recordar algunas historias que nacieron en el valle, inspiradas por la diosa Mari. Como la de aquellas jóvenes de Axpe que, tras un día de costura, oyeron un relincho cuando regresaban a sus casas. Ellas contestaron con un irrintzi semejante. Volvieron a escuchar un relincho como el primero, al que volvieron a responder. Cuando ocurrió por tercera vez, miraron hacia atrás y vieron que les perseguía un sujeto que despedía fuego. Era, sin duda, el genio de la noche.
Las muchachas, aterradas, entraron precipitadamente en un caserío y cerraron la puerta, un instante antes de que se oyera un fuerte manotazo. Cuando se atrevieron a reabrir la puerta, comprobaron con espanto cómo habían quedado marcadas sobre la madera las huellas de los cinco dedos del genio.
Atxondo era un buen lugar para la proliferación de estas leyendas, ya que contaba con la protección que ofrecía la dama de Anboto desde su cueva. Hasta allí acudían los vecinos del valle para solicitarle consejo. Quien quería entrar en su morada debía seguir determinadas normas para no enojarla: tutearla, salir de la cueva del mismo modo en que se entró, es decir, de espaldas, y no sentarse nunca en la caverna ni coger nada de su interior.
La torre de Muntsaratz
Cómo llegar: El valle de Atxondo se encuentra a las faldas del monte Anboto. La carretera que conduce a los tres núcleos que forman el actual municipio (Apatamonasterio, Axpe-Marzana y Arrazola) sale de la BI-632, entre Durango y Elorrio. Desde Bilbao o San Sebastián se llega a Durango por la A-8 o la N-634. Desde Vitoria, hay que tomar la N-240 y luego la BI-623.
Alojamiento: Dos casas de agroturismo: Olazabal Azpikoa (94 6584798; 619 322 252) e Imitte-Etxebarria (94 6231659; 94 6550103; 625 705 920).
Comer: Es imprescindible citar el Etxebarri (94 6583042), en Axpe, desde donde Víctor Arguigóniz ejerce como maestro imprescindible de la cocina de asador. Su repertorio de parrillas y brasas, unido a la excelencia de los productos que usa en su cocina le han convertido en una referencia de la cocina vasca contemporánea. Mendi-goikoa (94 6820832) y Makatzeta (94 6582931) son otros establecimientos de interés.
Actividades: Casi antes de tomar el desvío hacia Atxondo, en Abadiño se levanta Muntsaratz, más torre-palacio que casa-torre, que todavía conserva su prestancia medieval, al mismo tiempo que mantiene su aspecto intimidatorio.
En su orígenes, cómo no, también aparece la dama de Anboto, que influyó para que se consumase el matrimonio entre el señor de Muntsaratz y la infanta de Navarra doña Urraca. El poeta vizcaíno Antonio de Trueba dejó unos versos para la posteridad: "Callada y solitaria está / la torre de Muncháraz / entre los altos nogales que fruto y sombra le dan. / Ya no cruza gente de armas / el sombrío nocedal, / que solamente le cruzan / negros ola-gizonak". Por cierto, hoy en día de los nogales y los ola-gizonak, ni el menor rastro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006