El multiculturalismo ha llegado a GH (Tele 5), y Mercedes Milá se puso un aparatoso chaleco con dos manos sucias pintadas en el peto que querían ser, según ella, un alegato contra el racismo. El chaleco tenía su cara B, y Mercedes, que hace cualquier cosa por complacer a su público, se dio la vuelta: "Somos de colores", decía la parte de atrás. Después, el programa sólo tenía un color foráneo, representado por una bella muchacha oriental, Lu, "china pero de España", explicó la Milá no sin hacerse antes un pequeño lío entre lo oriundo y lo autóctono. Mientras, en el nido de víboras de Guadalix, seguían despellejándose, aunque de vez en cuando enarbolaban banderolas de diversos países, incluidos algunos del Oriente. Una de las misiones encomendadas a los concursantes era ampliar su conocimiento de las culturas lejanas, y una de las chicas, en un inglés de andar -a trompicones- por casa, le preguntó a un africano cuál era "the national drink of Senegal". El senegalés, después de unos segundos de estupor, contestó que en su país se beben únicamente zumos de frutas.
En La 2 acababa la temporada y la existencia misma de Carta blanca, y el final no pudo ser peor. Después de desarrollar a lo largo de ocho semanas una buena idea televisiva, dando medios, tiempo y libertad a escritores, cantantes y cineastas, que han conseguido momentos brillantes e inteligentes, le cabía el honor de cerrar el programa a La Terremoto de Alcorcón, musa intelectual de un nuevo epifenómeno llamado la Re-Movida. No le cupo. Letalmente aburrido en sus entrevistas (a Mayra Gómez Kemp entre otros gurús) y en sus actuaciones (The Raclettes, quizá más divertidos en directo), el espacio de La Terremoto, que ahora dicen que no es un showman en drag sino una andaluza de pura cepa, nos devolvió una ramplona España de pandereta penosamente visible bajo las montañas de rímel. Menos mal que a esa hora, en Canal +, una japonesa conmovedora buscaba a su padre enfermo a través de la música de Camarón en el documental de Isaki Lacuesta La leyenda del tiempo. Y eso no era orientalismo barato.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006