Deberíamos convenir que las administraciones públicas están para resolverles los problemas a los ciudadanos, no para creárselos. Y que los servicios públicos los pagamos entre todos, de ahí que los gestores deberían ser cuidadosos y dar siempre cuenta de sus actuaciones. Por esta regla de tres, cuando un ayuntamiento dispendia el dinero público está dispendiando mi dinero, el de usted y el dinero del que tiene usted al lado. Y cuando comete un abuso, está haciéndolo desde un cargo o un empleo que contribuimos a pagar con nuestros impuestos. Por eso, al cabreo por el abuso tenemos que añadir la cara de idiota que se nos queda.
Una joven envió hace unos días una queja al Defensor del Ciudadano en Málaga, Francisco Gutierrez. La chica se presentó a unas oposiciones para auxiliar administrativo del ayuntamiento de Frigiliana (Málaga), y le exigieron una tasa de 300 euros para poder presentarse al examen. En su escrito de queja, la joven relataba que consultadas las ordenanzas fiscales de otros consistorios con similar número de habitantes el precio requerido no superaba los 30 euros, por lo que mostraba su extrañeza de que en este municipio la hubieran multiplicado por diez. Argumentaba que si los opositores son personas que buscan un trabajo estable, hay que suponer que los que se presentan al examen no lo tienen. Y luego se preguntaba: ¿cómo es capaz una persona en el paro de pagar 300 euros por una tasa para encontrar un trabajo, cuando el salario mínimo es de poco más de 500 euros?
El caso de esta joven no es un hecho aislado. Las administraciones públicas, aprovechando la gran demanda de empleo en sus convocatorias, están convirtiendo las oposiciones en una fuente de ingresos. Lo que debería ser un pago simbólico para cubrir el coste de los impresos, se está convirtiendo en un auténtico abuso que, además, vulnera el derecho de igualdad en la convocatoria. Ese alto precio de las tasas lleva implícita una discriminación basada en la capacidad económica de los aspirantes, personas que están en paro y que, por lo tanto, no disponen de recursos suficientes.
Volviendo al caso de Frigiliana, tengo en mi poder la contestación del concejal de Personal al requerimiento del Defensor del Ciudadano por la queja de esta joven. Y tras leerla varias veces he sentido la necesidad de publicarla: "En la estimación del importe de los derechos de examen se han tenido en cuenta los costes originados durante el último y más reciente proceso selectivo: dietas miembros tribunal calificador 716,04 euros; desayunos miembros tribunal calificador 350 euros". "A esta cantidad habría que sumar el importe que la Diputación nos cobra por la inserción de las bases en el Boletín Oficial de la Provincia y que en la convocatoria que nos ocupa ha sido de 275,47 euros", añade en su misiva. Para colmo habría que agradecerle al edil, como él mismo nos recuerda en su respuesta, que en los 300 euros no haya repercutido los costes de la tramitación del expediente, ni de la dedicación de los responsables políticos ni de la de los trabajadores que actúan como miembros del tribunal.
Pues agradecidos estamos, ya que si al edil de Personal le da por incluir el coste total del servicio, las tasas del examen salen más caras que la nómina que recibiría el opositor una vez obtenida la plaza. Curiosa corporación la de Frigiliana donde, entre los quehaceres cotidianos de sus responsables políticos y de sus trabajadores -funcionarios del propio ayuntamiento-, no parece que esté el de formar parte de un tribunal. De ahí que haya que pagarles unas dietas, o incluso invitarles a desayunar con el dinero de los parados.
La contestación es un documento oficial con fecha y registro municipal, firmado por el edil y con el sello del consistorio. Tras leerla se me ocurre una idea. Ante la proximidad de las elecciones, y tal y como están las cosas en algunos ayuntamientos, deberíamos exigir una tasa para poder presentarse a concejal. Ese dinero se destinaría a realizar un examen médico sobre la salud mental de los candidatos. Incluso, aunque hubiera que invitar a los médicos examinadores a un rumboso desayuno.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 2006