Entre las muchas cosas que agradezco a mis progenitores está la de haberme enviado a danzas cuando era pequeña. Tampoco es gran mérito porque a danzas íbamos todas de pequeñas, algunas de adolescentes, y sólo las mejores han seguido de mayores. Pura selección natural, y es que este aprendizaje nos ha servido a todas (y a todos) para algo más que conservar un traje minúsculo oliendo a naftalina en el armario.
Comencemos por la naftalina. Mientras en los años sesenta los rastros de la cultura tradicional gallega comenzaban a ser sólo rastros y el país se modernizaba por donde podía, la Sección Femenina inventaba un nuevo mundo de color con los coros y danzas regionales. Coreógrafos pioneros consultaban viejos libros y exóticos aldeanos para armar puntos, corros y pasos que lucir en los festivales de los pueblos. Al tiempo, en el vestir se estandarizaba el discreto conjunto stendhaliano de dengue y mantelo, con lazos rojos por todas partes y sayas de un largo cuando menos sospechoso en una época influida a partes iguales por Pilar Primo de Rivera y Mary Quant. Si, también tuve una Nancy vestida de gallega.
En los noventa se produce el pequeño bum comercial del folk de aquí, y no sólo porque hubiese una operación de márketing o modernización detrás. La música tradicional tiene una de las bases sociales más sólidas que se crearon en las últimas décadas, promovida durante años por el PP y su política de "ningún niño sin ferreñas" que tuvo éxito sobre todo en pequeñas localidades donde no hay mucho más que hacer. Un intento de extender los tentáculos del caciqueo promovido con el dinero de las diputaciones y municipios entre la juventud rural que no tardó en fracasar, o en triunfar pero de una forma bien distinta.
Con las armas regaladas se fue creando un ejército de jóvenes aprendiendo a bailar y a tocar directamente de sus abuelos, rebelándose contra las coreografías barrocas, las gaitas marciales y los uniformes ridículos, y reinventando algo justo a tiempo antes de que se muera, como superhéroes tratando de documentar por última vez no sólo un vestigio del pasado sino también una herramienta para divertirse en el presente. Y para lograr ese otro objetivo no menos importante de, digámoslo así, perpetuar la especie. Por lo menos algún fin de semana al mes.
Tal vez la única razón lógica para esta puesta al día de nuestro folclore sea de orden hormonal. Teniendo en cuenta que la mayoría descendemos de las muiñeiras de nuestros ancestros, no hay razón para pensar que el propósito actual de nuestras músicas y bailes sea muy distinto. Están social y físicamente diseñados para ligar, y si en algún tiempo eran el único modo de dejar claras intenciones ante los elementos del sexo contrario, hoy permanecen en muchas pandillas con utilidad manifiesta, conviviendo con otros ritmos del perreo nocturno.
Demos pues la bienvenida al folclore del siglo XXI: ni trajes ridículos como el de la Nancy ni pesados refajos de estopa que nos hagan parecer aún más gordas por cumplir la tradición. Una de las revoluciones icónicas del último lustro en nuestro país ha sido ver en Luar un concurso de baile tradicional en el que las parejas no visten trajes de paño o chalecos de lino sino tops de Bershka y vaqueros de Pull&Bear. Chavalas de 18 años meneando sus culitos prietos al compás de una polca y bellos efebos sacando punto de jota al tiempo que enseñan bíceps bajo remangadas t-shirts están cambiando la concepción más museística del folclore por algo vivo, bonito, tan sensual como antaño. Lo mismo para los desafíos de canto y pandereta y sus letras más bien explícitas, las más celebradas en cuanta foliada hay. He ahí la música y el baile como diversión en los bares, como preludio de la pasión. Vestirse de gallega fue bonito. Desnudarse de gallega mucho más. Y ese destrozo de la tradición apolínea en favor de la dionisíaca -además del más facil acceso a drogas legales como el licor café- es lo que mueve cada día a cientos de jóvenes a simpatizar con la cosa esta de la cultura tradicional. Lo que viene siendo el rollo del follar. Otros hacen tuning y se apuntan a cardiovox, pero ésa ya es otra historia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 2006