Hay algo que te convierte en definitivamente extranjero: leer las informaciones sobre tu país escritas o dichas por corresponsales. Si de ellos dependiera, la movida madrileña aún seguiría viva, Dalí habría nacido en una ciudad entre la frontera pirenaica y Alicante y la Guerra Civil estaría a punto de explotar de nuevo. De pronto no te reconoces en el espejo. Todos esos corresponsales -de radio, televisión o prensa escrita, da igual- viven en Madrid y cuentan lo que ven y lo que le dicen, es decir, cuando oyen a Esperanza Aguirre hablando de OPA gasistas descubren que Cataluña no es España, si escuchan según qué emisoras de radio están convencidos de que el árabe -¡o el musulmán, qué más da!- ha pasado a ser un idioma obligatorio de nuestro bachillerato, o la constante presencia televisiva del señor Alcaraz les lleva a pensar que el caballero no comercia con la muerte.
De la misma manera que España no se reduce a Madrid, Francia tampoco es París
El problema de ese país irreconocible es que es un país reducido a Madrid distrito federal y, menos aún, al Madrid que aparece en los medios de comunicación y en el que ganan los que más chillan. Francia, vista desde París, también es un país extraño y que tiene poco que ver con la realidad. Por ejemplo, si uno sólo presta oídos y ojos a lo que cuentan sus colegas periodistas acabará convencido de que Ségolène Royal es idiota. Los gaullistas -sí, los del general que en Ottawa dijo aquello de "¡Viva Quebec libre!"- le reprochan que se haya declarado favorable al ejercicio de "la plena soberanía" por parte de la provincia francesa o se escandalizan cuando admite que una mayoría de franceses vería con buenos ojos la independencia de una Córcega que cuesta mucho dinero a cambio de muchos disgustos.
De la misma manera que España no se reduce a Madrid, Francia tampoco es París y, sobre todo, el retrato que de un país hacemos los corresponsales no siempre respeta la exigencia de parecido. Por ejemplo, ¿saben ustedes qué es la folle journée de Nantes? Nadie les ha contado que en esa ciudad atlántica, en el plazo de cuatro días, se ofrecen 275 conciertos, es decir, 800 obras de música, tocadas en directo ante unos 150.000 espectadores que pagan entradas de 4 a 25 euros. Y tampoco les han contado que en esa bellísima ciudad instalada en el estuario del Loira se reabre, tras 15 años de obras, "el último castillo de Bretaña y el primero del Loira", es decir, el castillo de los duques de Bretaña, una obra iniciada por François II, el que iba a ser el último duque de la Bretaña independiente -se incorpora al reino de Francia en 1532-, para luego convertirse en residencia de los reyes, en fortaleza militar o en cárcel hasta su última y flamante transformación, en museo de historia de la ciudad.
Nantes tiene en su museo un espejo completo y tan fiel como las aguas del río que la han hecho rica. Una riqueza que no siempre es fácil de contar. Por ejemplo, durante más de 150 años, el principal comercio de la ciudad fue el llamado "comercio triangular", es decir, la exportación de quincallería y telas hacia África para allí cargar el navío de esclavos con destino al Caribe y, una vez allí, una vez efectuada la venta, llenar de nuevo el barco, ahora con ron, algodón u otros productos típicos de la economía del lugar. Los puertos de Burdeos y La Rochelle también se enriquecieron con el tráfico de esclavos, pero el 42% del mismo se hizo desde Nantes, incluso después de su prohibición definitiva, en 1817. A la ciudad le ha costado reconocer que sus palacios, su puerto, su prosperidad dependieron de un negocio que, hoy, parece repugnante. Es otra Francia de la que vale la pena hablar, que existe al margen del espejismo político, de las batallitas de quienes viven en la capital y se creen en el ombligo del mundo y al margen también de las pantallas de humo que levantamos los periodistas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2007