La batalla por la CAM, aparentemente, ha terminado con la victoria del presidente de la Generalitat, la rendición con condiciones del macizo de la raza zaplanista, una cornada de pronóstico reservado a los socialistas, la fractura del PP alicantino, la división entre la patronal Coepa y la Cámara de Comercio de Alicante, un consejero de Economía cuestionado por tirios y troyanos, la pérdida de crédito de una buena parte del empresariado (¡ay, la sociedad civil!) y de los políticos y la imagen de la cuarta caja de ahorros de España por los suelos justo en el mejor ejercicio financiero de su historia. La cuenta de resultados de la bronca intrapartidista del PP, con el concurso del PSPV, es desoladora. Y todo ello por qué. ¿Acaso las facciones enfrentadas discrepaban sobre la conveniencia o no de la fusión con Bancaja? ¿Tal vez confrontaban planes estratégicos de futuro distintos? ¿Disputaban sobre la conveniencia de incrementar las inversiones en I+D y reducir las destinadas al ladrillo? No, en absoluto. Se peleaban por lo suyo. Por su cacho de pesebre. Ya lo tienen. ¿Y ahora qué? Nada.
O tal vez sí. El miserabilismo político de presumir sobre quién le dobló la mano a quién, el pecho de hojalata en la Explanada de Alicante, el sillón de sus entretelas y su despachito oficial, la íntima convicción de haber dado -¡al fin!- el golpe definitivo a su enemigo/compañero de partido y la satisfacción de evidenciar la división del adversario ideológico. Menudo saldo positivo.
Y en esa bronca, que ha afectado a 6.000 trabajadores y a tres millones de clientes, ha participado lo más granado de la política valenciana y del empresariado de Alicante. Hay quien sostiene que, en realidad, la pelea es de mucho mayor calado, que detrás de la confrontación Zaplana/Camps se esconde un pulso entre los dos supuestos grandes bloques que se disputarán el poder en el PP en España tras la etapa Rajoy. Y las listas autonómicas, claro. La convicción del campismo de que toda plaza ocupada por un zaplanista será utilizada en el futuro como ariete contra el presidente de la Generalitat y, aún más, en una futura moción de censura. Todo es posible, claro. Pero lo que hay a fecha de hoy -día en que la asamblea aprobará el apaño- es la conquista del poder. De tamaño bonsai.
Mientras tanto, ayer, no por casualidad, en Valencia, el presidente de Bancaja, José Luis Olivas, exhibía músculo financiero, hablaba de fusiones interregionales como quien no quiere la cosa, incluso se permitía un gesto de desdén discreto para con el sector del ladrillo, apuntándose a la política sandía y aparecía ante los medios como un banquero responsable de los de toda la vida. Él, que pasó de la presidencia de la Generalitat a la de Bancaja en un movimiento que, según un alto cargo del Consell, sólo resultaría tolerable en el Congo ex belga. Y si eso piensa de Bancaja, qué dirá de la CAM.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2007