Según ganamos lejanía queda más patente que la batalla perdida contra Hezbolá marca un hito en la historia del moderno Israel. Se ha evaporado la ilusión de que una enorme superioridad militar permita continuar, guerra a guerra, expandiendo sus fronteras, o cuanto menos, conservar parte de los territorios ocupados. El que, pese a la destrucción masiva del Líbano, no se lograse ninguno de los objetivos, ni el verdadero, destruir la guerrilla islamista, ni siquiera el que se utilizó como pretexto, liberar a los soldados prisioneros, pergeña un futuro que a la fuerza ha de ser muy distinto.
Queda por saber cuándo lo va a reconocer una población cada vez más derechizada -el recurso a la fuerza ciertamente no fomenta actitudes democráticas-, convencida de que podría alcanzar los objetivos expansionistas soñados, apoyándose en las bayonetas, algo que los ciudadanos israelíes más conscientes no se cansan de criticar. No hay otra opción que convivir con un Estado palestino viable, al que incluso habrá que apoyar en su desarrollo socioeconómico. La sobrevivencia de Israel a la larga depende del bienestar de sus vecinos.
Tras dejar mano libre al Ejército israelí durante cinco semanas, la presión de los países árabes amigos, y en buena parte también la de la Unión Europea, obligaron a Estados Unidos a aceptar el alto el fuego. Por una imposición externa, la fuerza armada de Israel por vez primera no lograba sus fines, dejando en evidencia los costos de haberse apartado del que había sido un principio básico en la generación fundadora: no depender de nadie en la política del nuevo Estado.
Después de la catástrofe que ha supuesto la guerra de Irak, los intereses estratégicos de Estados Unidos a medio plazo no coinciden por completo con los de Israel. El que Estados Unidos haya denunciado la utilización de bombas racimo, aunque luego no llegue a nada, es un primer aviso. Ante el temor de que puedan hundirse algunos regímenes amigos, desde Egipto a Arabia Saudí, cada vez más debilitado en la región, Estados Unidos necesita una pronta solución al conflicto palestino-israelí. Si no quiere que le venga impuesta una solución desde fuera, Israel no puede ya esperar a la ocasión más propicia para acordar la paz que les convenga.
Para los que creyeron en la experiencia socialista del kibbutz, se emocionaron con los ideales sionistas de construir, no sólo un Estado judío sino uno que incorporara una nueva calidad democrática, resulta muy duro comprobar los frutos de una carrera belicista, aunque impuesta al principio, después deliberadamente perseguida con el propósito de acercarse al Gran Israel.
Una opresión brutal en los territorios ocupados ha traído consigo una reacción terrorista del pueblo sometido, a la que Israel ha contestado con un terrorismo de Estado, un círculo vicioso del que cada vez es más difícil escapar. El que recientemente se haya nombrado ministro sin cartera a un israelí musulmán no ha servido más que para llamar la atención sobre la discriminación del 20 % de la población israelí de origen palestino. El apartheid mide la calidad de la democracia israelí, como en su día la de Suráfrica.
No ha de extrañar que en estas circunstancias abunden las noticias sobre corrupción. Al presidente del Gobierno, Ehud Olmert, se le acusa de tráfico de influencias y al presidente de la república, Moshé Katsav, incluso de violación. En qué puede terminar el nacionalismo más férreo, y algunos piensan que también el más justificado por la historia trágica de la primera mitad del siglo XX, es una lección que no debemos echar en saco roto.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2007