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COLUMNA

El espacio usurpado

Escuché la semana pasada unas declaraciones del alcalde de Donosti, Odón Elorza, en las que manifestaba su preocupación por lo que consideraba una abusiva presencia de proclamas y símbolos de la izquierda abertzale durante los actos de celebración del día de San Sebastián. Comparto su preocupación pues, efectivamente, por más que el realizador de la retransmisión televisiva de la tamborrada intentara que la Plaza de la Constitución luciera un aspecto relativamente normal, lo cierto es que las pancartas y carteles relativos a la independencia y el socialismo, a Segi y Jarrai, a De Juana y los presos, a la amnistía, e incluso a ETA, ocupaban la práctica totalidad del espacio en el que miles de donostiarras celebraban su fiesta patronal.

No se trata de un fenómeno nuevo, pues es algo que se repite todos los años, ni tampoco de una circunstancia exclusiva de la capital guipuzcoana, ya que son muchas las calles y plazas de toda Euskadi que, coincidiendo con acontecimiento más o menos multitudinarios, se ven adornadas con lemas y consignas del entorno de Batasuna, cuando no directamente con hachas y serpientes enroscadas en ellas. La normalidad con la que todo ello sucede parecería indicar que la gente se ha ido acostumbrando a sufrir esta situación, sin que nadie ser atreva a protestar. Sin embargo, en los últimos días han surgido voces contra esta usurpación del espacio público por parte de una minoría, reclamándose que la justicia actúe, no ya contra los que cuelgan las pancartas, sino incluso contra el Ayuntamiento donostiarra por no impedir la colocación y exhibición de determinados símbolos y lemas.

Ciertamente, algunos de los distintivos y de las expresiones mostradas -en ésta como en otras ocasiones- por los que amparan la violencia, son odiosas e infames, y es normal que, ante este estado de cosas, muchos ciudadanos se abstengan de acudir a un lugar en el que se sienten agredidos moralmente, o incluso humillados. Poco a poco, espacios que eran de todos van siendo monopolizados por unos pocos, y quienes quieren participar en fiestas populares en las que siempre han tomado parte, se ven obligados a pagar el peaje de aceptar sin rechistar todo un entorno simbólico con el que en absoluto están de acuerdo. Pero, en mi opinión, aunque la parafernalia fuera otra, no directamente vinculada con la simbología y las reivindicaciones del entorno de ETA, tampoco sería de recibo que alguien tratara de monopolizar un espacio que es de todos.

No me parece mal que las instituciones intervengan de alguna manera, para garantizar lo que debería ser una obviedad: que la calle es de todos y no de unos pocos. Si éste fuera un país normal, lo lógico sería apelar a que fuera la propia ciudadanía quien se autorregulara. Todo el mundo entiende que hay momentos históricos -la transición, o más recientemente la guerra de Irak, por poner algunos ejemplos- en que los amplísimos consensos sociales a favor de una causa justifican plenamente que la misma se haga visible e alguna manera en fiestas y otros eventos multitudinarios de carácter público. Del mismo modo, es comprensible que un colectivo social con escasos medios quiera aprovechar una gran concentración para dar a conocer una reivindicación puntual. Pero lo que no es aceptable -ni ética ni estéticamente- es que algunos impongan sistemáticamente al resto la humillación de pasar dos o tres horas bajo un decorado omnipresente y agresivo, al servicio de una causa antidemocrática, denostada por la mayoría.

Ahora bien, tampoco sería admisible que el PNV, el PSE, o el PP -ni tampoco McDonald's o El Corte Inglés- ocuparan siempre y en cualquier circunstancia todo el espacio público para exhibir sus símbolos o su propaganda, como lo hace la gente de Batasuna. Aunque sus contenidos no fueran ofensivos, sería una imposición igualmente intolerable tener que aguantar bajo toda esa propaganda. Por eso, no se trata tanto de debatir sobre ideas o expresiones -por agresivas que sean- sino, tal vez, de aplicar las ordenanzas municipales. A los demás no nos dejan colgar la ropa en el balcón, o pintar la fachada de verde fosforito.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2007