Pawel Rouba (Inowroclaw, Polonia, 1939), director, coreógrafo, maestro de armas, actor, mimo, maestro de pantomima y profesor del INEF, falleció ayer en un hospital de Barcelona, donde residía, a causa de un cáncer. Rouba, exponente de la espectacular pantomima polaca que irradió toda Europa en los años sesenta, tuvo un papel decisivo desde el Instituto del Teatro de Barcelona en la formación corporal de numerosos actores, entre ellos los componentes de Tricicle, Vol Ras y buena parte de los miembros históricos del Teatre Lliure, Comediants, Dagoll Dagom o Joglars.
Maestro insuperable de las técnicas de mimo y pantomima, hombre de una apostura, elegancia y rigor impresionantes, todo un carácter, Pawel Rouba fue -se hace difícil hablar de él en pasado- uno de esos personajes que dejan huella indeleble a su alrededor. Nadie que haya tenido el privilegio de pasar por sus clases olvidará aquellas sesiones en las que los ejercicios para lograr el más perfecto dominio técnico del cuerpo se combinaban con imaginativas improvisaciones y con las reflexiones que, a modo de sentencias, Pawel vertía sobre su arte. Disciplina, riesgo, ambición y belleza eran conceptos básicos de sus enseñanzas, que sembró por toda Europa como profesor invitado en diferentes escuelas, como la de Marcel Marceau en París.
Producto de la célebre y fecunda escuela de pantomima polaca, primer actor de la compañía del legendario Henrik Tomaszewski, que le dirigió en espectáculos como Gilgamesh y Fausto, en los que los textos se traducían escénicamente en un sobrecogedor y grandioso lenguaje gestual, Pawel Rouba desembarcó en 1973 en el Institut del Teatre de Barcelona. Allí formó parte de la saga polaca de profesores (Lesek Czarnota, Andrzej Leparski y la propia mujer de Pawel, Irene Rouba) que desde el centro catalán pusieron patas arriba la formación actoral en los primeros años setenta con su insistencia en la importancia de lo físico y un programa revolucionariamente nuevo que incluía danza, esgrima, acrobacia, mimo y pantomima.
Pronto su personalidad y sus conocimientos convirtieron a Pawel en una pieza fundamental del Institut y en su seno dirigió la Escuela de Mimo y Pantomima, que formó a numerosísimos profesionales catalanes, del resto de España y de otros países. Asesoró la expresión corporal y los combates -era maestro de armas por la Académie d'Armes de France- de muchos espectáculos y colaboró estrechamente con la Compañía Dei Furbi de Comedia del Arte. Realizó interesantes investigaciones sobre la historia de la pantomima y otros aspectos del arte teatral. Fueron contadas las apariciones de Pawel fuera del ámbito académico, pero encarnó en 1977 de manera solemne y estremecedora a la muerte, una muerte callada y omnipresente, en Una altra Fedra si us plau, de Espriu, junto a Núria Espert, con dirección de Lluís Pasqual. También actuó en algunas películas, no la menos significativa Potop (1974), El diluvio, adaptación de la novela histórica de Sienkiewicz. Porque Pawel, que eligió Barcelona para vivir y amaba intensamente esa ciudad -en la que nacieron sus dos hijos- y su cultura, nunca dejó de ser polaco de los pies a la cabeza y de recordar y estimar sus orígenes.
Pawel Rouba era miembro de una aristocrática familia lituano-polaca que remontaba sus orígenes a la Edad Media. El propio Pawel especulaba con que el primer Rouba fuera un caballero de la orden teutónica de origen portugués. No es de extrañar su interés por Tirant lo Blanc, novela que llevó a escena en 1988 en un montaje dirigido por él mismo con actores catalanes y que se estrenó en el teatro Romea. En el árbol genealógico de Pawel había patriotas polacos represaliados por los rusos, militares y hasta un heroico general. Su padre, capitán e ingeniero, fue fusilado por los nazis.
De sus ancestros heredó Pawel nobleza, altivez y coraje. Y de ese coraje dio prueba al saber que sufría un cáncer maligno, al que se enfrentó con una actitud serena ejemplar, mirando a la muerte sin bajar la mirada. La enfermedad fue minando insidiosamente aquel cuerpo que él había trabajado con precisión de orfebre, pero no pudo abatir su ánimo ni menoscabar su dignidad y su orgullo. En eso demostró, también, ser el mejor maestro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007