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Crítica:FESTIVAL DE JEREZ

De rompe y rasga

La Francesa no es una mujer, son muchas y todas en una: Pastora. Ella es la bailaora romántica de los viajeros y una artista de cabaré. Es gitana fatal y hooligan que alardea de su hazaña. Es desparpajo y carisma, una representación de una mujer poliédrica que se reivindica y se descubre a sí misma. Porque quizás haya que convenir en que Pastora Galván -con esta obra- se ha encontrado con todo el rico yacimiento de artista que llevaba en las entrañas. Le pusieron por delante toda una colección de personajes femeninos históricos y a todos se los ha comido por sopa.

¿Sabía esta artista lo que llevaba dentro? Porque de su baile ya estábamos al tanto, pero lo de la interpretación, esa forma de apropiarse de las personalidades ajenas para comerse el escenario con ellas, es radicalmente nuevo. Su trabajo de indagación en cada carácter se proyecta hacia el exterior cargado de fuerza, de sensualidad y de una flamencura fuera de cualquier límite estrecho. Sin duda alguna estamos ante algo creado para no dejar indiferente pero que, más allá de la provocación, retrata una imagen nueva fresca y barroca, revelada y reveladora.

La Francesa

Baile: Pastora Galván. Guitarras: Pedro Sierra, Miguel Iglesias. Cante: David Lagos, Juan José Amador. Acordeón y Zanfoña: José Manuel Vaquero. Contrabajo: Alvaro Ramos. Cajón: José Carrasco. Xilofón y otras percusiones: Manuel Vergne. Dirección musical: Pedro Sierra. Coreografía: Israel Galván. Sala Compañía, 1 de marzo

El viaje histórico de la cultura francesa por la península ibérica que proponía esta obra, documentada como pocas he visto, se compuso de una colección de personajes reales y literarios -La Militona, Lou Andreas Salomé, Carmen, Marguerite Duras o la Conchita de El Pelele- colocados sobre la sólida armadura de un rico collage de músicos. A su cargo, y con un combo en escena de ricos matices tímbricos (acordeón, zanfoña, xilófono...) el guitarrista Pedro Sierra que, en la obertura y transiciones, regaló piezas flamencas que dan buena muestra de su caudal compositor. También en su capacidad de recolectar tal cantidad de músicas de aquí y de allá que su enumeración resultaría abrumadora (se adivina aquí la mano de Pedro G. Romero) y ensamblarlas como una banda sonora unas veces, como las de un cabaré en otras. En ese contexto, los cantaores fueron parte de la banda y asumieron papelones como el de David Lagos, cantando en francés y hasta en euskera.

El repertorio de figuras que encadenó la bailaora también es largo de enumerar. Flamenca en vestimentas inverosímiles, con la bata de cola roja, creó un uso distinto para ella: un sin fin de nuevas figuras y un vehículo para la pasión (momento del Je ne regrette rien, de la Piaff) o el humor y la ironía que asomaban de tanto en tanto por la obra. Ni que decir tiene que se nota la mano del coreógrafo Israel, pero ella es una mujer y artista capaz de dar vida en su cuerpo a todo lo que se le propone y dejando, además, el sello de su personalidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007