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Crítica:

Modestia y frenesí

El Museo Nacional de Arte de Cataluña presenta una excepcional selección de obras del Metropolitan de Nueva York. Más de cuarenta pinturas, entre las que se encuentran obras maestras de El Greco, Cézanne, Manet, Gauguin, Van Dyck, Corot o Millet.

Pocas exposiciones están al alcance de las grandes pinacotecas. Grandes maestros de la pintura europea. De El Greco a Cézanne es uno de los acontecimientos artísticos del año, aunque, como casi todo lo bueno, quizás llega un poco tarde, lo que no quiere decir que este vacío no vaya a ser compensado en el futuro con creces. Algo se mueve en los altos despachos de los museos, y por supuesto, nada de lo que acontece en ellos es trivial. De momento, esta selección de pinturas procedente del Met tendrá su réplica en la gran exposición de 300 obras, 50 procedentes del MNAC, Barcelona and Modernity: Picasso, Gaudí, Miró, Dalí (1868-1939), que se podrá ver en el museo neoyorquino la próxima primavera.

GRANDES MAESTROS DE LA PINTURA EUROPEA DE THE METROPOLITAN. De El Greco a Cézanne

MNAC. Palau Nacional

Parc de Montjuïc. Barcelona

Hasta el 4 de marzo

Comisaria: Catharine Baetjer

Esta muestra nos recuerda que no hay una definición sencilla ni definitiva de la museología, al menos en su aspecto práctico. Maestros... rinde homenaje a los coleccionistas privados norteamericanos que, desde 1887, con aguda inteligencia y generosidad, dotaron al Metropolitan de Nueva York del espectáculo de la pintura: Catherine Lorillard Wolfe, Collis P. Huntington, Louisine y Henry Osborne Havemeyer, Jules Bache, Sam A. Lewishon... Cuarenta y dos son las obras seleccionadas, tan sólo un detalle de la rica colección de 2.500 piezas que conforman los fondos de pintura inglesa, francesa, italiana, flamenca y española del museo de Central Park. No todas son primeras filas, más bien pocas, pero una por una adquieren ante nuestros ojos un aire de extrañeza y exhortación, pues por encima del campo gravitacional de cada retrato, de cada paisaje, no sólo hubo el poder de análisis de la realidad de su tiempo de docenas de pintores, también el de tantos mecenas ocupados en formar el gusto americano por el arte europeo.

Desde La Adoración de los

Pastores, de El Greco, abriendo el itinerario de la muestra, hasta un delicado bodegón de Cézanne, el primero de los once que hoy posee el Met, el conjunto obliga a ver más allá de los ritmos formales de cada uno de sus autores en el refrescante e idealizado paisaje de Van Ruisdael, Torrente de montaña (1670), un autorretrato de Van Dyck (1620), el gran pintor de las poses, que hacía que sus modelos parecieran más guapos de lo que eran (la función que cumplen hoy los retocadores de fotografía), la grandilocuencia de Mrs. Lewis Thomas Watson en la paleta de Sir Joshua Reynolds, la humanidad de un caballo, en Duque de Dorset, con mozo y perro (1768) de Stubbs, el retrato ecuestre en miniatura del niño Pepito Costa y Bonells (1813) de Goya, el dramatismo narrativo de Midas bañándose en las fuentes del río Pactol (1627) de Nicolas Poussin, la arcadia hecha eucaristía en Virgen con niño y San Juan Bautista (1765) de Boucher, y un Fragonnard envuelto en la inocente concupiscencia de Retrato de una mujer jugando con un perrito (1769).

El último tramo de la muestra se aleja de la idealización para abrazar la confirmación de la materialidad del mundo -la materia esencial del individuo- en la paleta de Jean-François Millet (Otoño, 1874), tan prevangoghiano, la vulgaridad de un culo femenino -objeto ineludible de un análisis freudiano- de Gustave Courbet (La Fuente, 1862), el análisis molecular del impresionismo en una vista del jardín desde la ventana del estudio de Camille Pissarro, la artificiosidad y estilización a las que Manet sometía a las clases populares (Cantante español, 1860), la absoluta modernidad de Degas (Mujer vestida de gris, 1865) en sus retratos femeninos que afeaba hasta hacer que uno se fijase únicamente en los campos de color de sus vestidos; o la recompensa final, un maravilloso Van Gogh (Primeros pasos, según Millet, 1890), donde la modestia y el frenesí desmenuzan los patrones de las estampas japonesas y del paisaje provenzal, y que señalan en toda su plenitud los ritmos del modernismo y el art nouveau.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007