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Análisis:Puro teatro | TEATRO

Norma y Luisa

Uno. Norma. Aleandro, por supuesto, que tras girar por media España ha recalado unos días en Madrid (y pronto irá a Barcelona, al Tívoli) con Sobre el amor, lo que los argentinos llaman "un unipersonal". Hablando del Tívoli, una buena noticia: dos espectaculazos del CDN van a tener allí "residencia" durante casi un mes cada uno. Primero Un enemigo del pueblo, cuando termine su exhibición, a teatro lleno cada noche, en el Valle-Inclán. Y luego el no menos formidable Marat-Sade de Andrés Lima/Animalario en el María Guerrero, del que les hablaré la semana próxima: un montaje histórico, y mido mis palabras, eléctricamente interpretado y dirigido. También aprovecho para recomendarles (todavía me duelen las manos de aplaudir) El curioso impertinente, de Guillén de Castro, en el Pavón: grandísimo texto, casi un precursor de Marivaux; estupenda dirección de Natalia Menéndez y, sobre todo, un terceto protagonista que ni en la Royal Shakespeare: Nuria Mencía, Daniel Albadalejo y Fernando Cayo. Como quiero seguir el calendario de los estrenos, que si no me lío, mientras ustedes reservan entradas para el Marat y El curioso, hoy toca hablar, por riguroso orden de aparición en escena, de doña Norma Aleandro y doña Luisa Martín. A la primera no la veíamos desde aquel Querido embustero que presentó en el Marquina con Sergio Renán, hará tres o cuatro años. Ver y escuchar a Norma Aleandro es siempre un regalo y un acontecimiento, aunque Sobre el amor sea un poco como esas delikatessen en las que no todos los ingredientes están a la misma altura o en el mismo punto de cocción. Da un poco igual, porque "se va" a ver a la Aleandro, haga lo que haga y cuente lo que cuente. Decir que llena el escenario, en este caso un espacio desnudísimo y un tanto desangelado como el del Centro Cultural de la Villa, es un topicazo y una verdad irrefutable. Aleandro es una mujer menuda pero con una irradiación gigantesca. Y un carrusel de actrices: por el precio de una sola tienes la impresión de estar viendo a veintisiete. Yo anoté, tal como se iban corporeizando, la elegancia sutilísima de Julia Gutiérrez Caba, la malicia chispeante de Conchita Montes, la dicción transparente de Amparo Rivelles, la sabiduría vital de Julia Caba Alba, y, del otro lado del charco, el humor contagioso y desbordado de una abuela y una nieta: Niní Marshall, Cecilia Rossetto.

A propósito de Sobre el amor, con Norma Aleandro, y Como abejas atrapadas en la miel, con Luisa Martín

Sobre el amor es un retorno a los orígenes, no sólo porque doña Norma lo ensambló y presentó en 1976, y lo paseó por toda América antes de aterrizar en Nueva York, donde se llevó el Obie a la mejor interpretación del off-Broadway, sino también porque es un reencuentro con su abuela española y con no pocos clásicos de estos pagos, desde Lope a Baltazar del Alcázar pasando por Muñoz Seca, de quien interpreta, casi como Fernán-Gómez y Paloma Valdés en un mismo cuerpo, el reencuentro entre Magdalena y Renato (o sea, Don Mendo camuflado). Pero lo mejor del recital son dos highlights sucesivos que cortan el hipo y la doña se reserva para el final: pintar con palabras El ahogado más hermoso del mundo de García Márquez como si la historia estuviera sucediendo en ese mismo instante, y la confesión con el padre Venancio de La señorita de Tacna, de Vargas Llosa. Eso sí que es pura metempsicosis. Eso es tener delante a Julia Caba Alba en Plácido y ver cómo, de repente, se convierte en la joven Conchita Montes de Domingo de carnaval. La vieja soltera evoca su único amor, se libera de la toquilla, emerge la muchacha perdida y gira en la luz y es luz toda ella hasta que cae de nuevo la sombra y vuelve a encogerse y petrificarse en su sillita de enea. Eso es teatro, señores: hacernos viajar en el tiempo y el espacio en cuestión de segundos, pura y emocionantísima magia potagia. Y "organicidad" rotunda, que decían los antiguos. Corto y cierro, que ahora he de hablar de:

Dos. Luisa. Martín, por supuesto. Otra monstrua, ante la que ya me quité el sombrero la temporada anterior por su trabajo en Historia de una vida, de Donald Margulies, pero que esta vez, pena grande, creo que no ha acertado ni en la elección del personaje ni en el director. Luisa Martín ha vuelto y está en el Príncipe-Gran Vía con Como abejas atrapadas en la miel (As Bees in Honey Drown, 1997) de Douglas Carter Beane, un éxito del off-Broadway, muy bien traducida, como es habitual, por Bernardo Sánchez, que ya le sirvió en bandeja la adaptación de El verdugo y la joya de Margulies. Como abejas es una comedia sofisticada e inteligente aunque muy desigual: es demasiado larga y a ratos parece una obra menor de John Guare. Los problemas son otros: un reparto muy flojo, una planísima dirección de Esteve Ferrer, que confunde ritmo con aceleración taquicárdica y sofisticación con estereotipos rampantes, una escenografía funcional pero feísima de Ana Garay y, sobre todo, un error absoluto de casting. El personaje de Alexa Vel Deveraux, la capotianísima protagonista, no le va en absoluto a Luisa Martín, una actriz que ha nacido para expresar la verdad pura y dura en un escenario, nunca la duplicidad o el fingimiento. Lo suyo es una verdad seca, inmediata, que le quema la boca: por eso deslumbraba como la escritora de Historia de una vida. No ha nacido para los personajes venales ni manipuladores, es como ver a Bódalo interpretando a un dandi de Noel Coward. Es algo caracteriológico, de temperamento actoral: estaría perfecta en La rosa tatuada pero completamente errónea en Dulce pájaro de juventud; podría ser Dorothy Parker pero no un personaje de Dorothy Parker. O Dorothy Parker en el Chelsea pero nunca en el Algonquin. Hay que aplaudir, sin embargo, ese intento de saltar más allá de su sombra, y hay que aplaudir también los momentos de verdad de Félix Gómez en el rol de Evan Wyler, el joven escritor deslumbrado por las promesas de lujo y celebridad de Alexa, y de José Luis Martínez como Mike Stabinsky, el pintor que revelará el secreto de la camaleónica dama. ¿Quién se anima a montarle La rosa tatuada a Luisa Martín?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007