Casi diez años dedicó Goliarda Sapienza a escribir la novela El arte del placer, sin prever el éxito que llegaría a tener. Publicada póstumamente, la obra relata la vida y el ascenso social de una muchacha gracias a su astucia, cualidades físicas y ambición a lo largo de la primera mitad del siglo XX. La escritora siciliana emplea una gran variedad de recursos literarios para una historia en la que se manejan hilos afectivos, familiares e ideológicos.
EL ARTE DEL PLACER
Goliarda Sapienza
Traducción de José Ramón Monreal
Lumen. Barcelona, 2007
768 páginas. 32 euros
Cuando alguien se llama Goliarda Sapienza es evidente que tiene que hacer algo sonado en la vida. Nuestra Goliarda decidió darse a la literatura y escribió cinco novelas, de entre las cuales destaca esta que comentamos. Había nacido en 1924 en Catania y a los 17 años se trasladó a Roma para estudiar arte dramático. Después intervino como actriz en el teatro e incluso se asomó al cine de la mano de Visconti. Murió en 1996 siendo poco menos que una desconocida.
El arte del placer cuenta la his
toria de una muchacha, Modesta, nacida de una familia pobre en un pueblo de Sicilia. Es una chica despierta a la que una temprana experiencia sexual envía a un convento donde será protegida por la superiora. A la muerte de ésta, su testamento dispone que Modesta sea llevada a la casa familiar, donde la recibe la madre de la superiora, princesa Brandiforti. Su astucia y decisión la llevan a convertirse en princesa y tomar el mando de la casa en la que practica sucesivas relaciones amorosas con hombres y mujeres de toda condición y así seguiremos sus avatares hasta el momento en que la necesidad de contar su vida da sentido al relato en que el lector se ha sumergido setecientas y pico de páginas antes.
Antes que El arte del placer la novela debió de haberse titulado El arte de la libertad porque toda la narración se justifica precisamente en la conquista de la libertad y de la independencia de Modesta, aunque el placer forma parte de ella. Condenada a ser una fregona o algo semejante, llega a dominar los hilos de una compleja familia a la que se unen diversas personas que quedan enredadas de un modo u otro en la maraña afectiva cuyos hilos maneja Modesta. Ella es una mujer de carácter, paulatinamente desinhibida, que ama por igual a hombres y mujeres y que consigue desarrollarse plenamente a lo largo del siglo en cuyo primer año ha nacido. Su vida transcurre en Sicilia, donde se hace fuerte mientras el mundo gira, un mundo del que las personas que se acercan a ella le traen noticias (la guerra de 1914-1918, la ascensión del fascismo, la II Guerra Mundial...). Por su vida pasan el socialismo, el feminismo, las nuevas ideas, la lucha antifascista y se hace referencia a personajes reales, como Gramsci u otros militantes del PCI o a autores y actores teatrales de la época. El libro está escrito con variedad de recursos, desde la alternancia de narradores (aunque predomina claramente la voz de Modesta) al recurso preferente del diálogo, en algunos casos con disposición tipográfica de obra teatral, o la variación de lugares dentro de una misma acción.
De todo lo dicho se deduce sin dificultad que estamos ante una obra muy ambiciosa que llevó a su autora casi diez años de trabajo. Sin embargo es justamente la ambición que comporta la que le crea problemas. En primer lugar, es muy difícil sostener más de setecientas páginas a base de diálogos que, además, son de orden personal y familiar y, a menudo, ideológicos. De hecho, el punto de vista elegido vuelca sobre la casa familiar el peso de la historia, provocando un intimismo que achica la ambición al reducir el espacio vital; porque no se trata de un drama familiar de carácter universal sino de la exaltación de la personalidad de una mujer que forja su carácter a golpe de conversaciones con sus próximos. Los constantes diálogos no contienen escenas sino asuntos referidos siempre a la intimidad de una persona de carácter cuyo carácter viene impuesto por el relato, pero no surge de él, por lo que carecen de grandeza y también de acción. Hay asuntos que se atienen a la dimensión del cuarto de estar y allí concentran su densidad y su tensión y los hay que necesitan salir al mundo para poder expandir su vigor; estos últimos los encierra también en el salón y allí se sofocan porque les falta aire. El extraordinario esfuerzo de su autora adolece de un punto de coraje o de visión que le permitiera abandonar el fondo moralista y didáctico que, a su pesar, lastra el libro.
El curso de la Historia, por
ejemplo, no está incardinado en la historia personal de Modesta sino que aparece como noticias venidas de fuera y esto vale incluso para sus amigos partisanos. Su mismo paso por la cárcel, por espía, no pasa de contarse como una anécdota. Hay un ego de fondo moral en el personaje de Modesta que hace que la novela sea apologética antes que dramática y el conflicto es sustituido por la crónica. Ahí es donde la novela se vuelve un tanto superficial, hasta el punto de que, estando escrita con gracia y dominio, se desliza en bastantes ocasiones hacia el lirismo conversacional e incluso la cursilería. En suma: es una novela excedida en la que Goliarda Sapienza, al encariñarse con su personaje, lo trata con una deferencia que, por enaltecerlo, lo empobrece. Aquí falta lo que señaló Ghelderode: "El secreto del arte es... la crueldad". La incapacidad de ser cruel con Modesta le juega una mala pasada. Valga a título de ejemplo la actitud triunfalista con que le hace cerrar la novela: "Así como no soporté el chantaje de los viejos, no pienso soportar el de vosotros los jóvenes".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007