El tercer libro de poemas de Esperanza López Parada habla de la emoción y la memoria sin perder nunca de vista la reflexión sobre la propia escritura. Los poemas funcionan como fragmentos de un discurso que no oculta que está hecho de paradojas.
LA RAMA ROTA
Esperanza López Parada
Pre-Textos. Valencia, 2006
72 páginas. 12 euros
La poesía de Esperanza López Parada (Madrid, 1962) crece en lo que simplemente existe y es capaz de hablar por sí mismo, pero también hablar de otro modo, decir otras cosas como parte de la escritura: la lengua de lo que es captado, recolocado y expuesto. Como gran recolectora de trozos de sentido (no en vano este libro es "una especie de extenso patchwork tejido con el hilo sutil de la palabra poética"), dispone sus poemas para ejercitar nuestra capacidad de mirar y sentir, a la vez que el pensamiento pregunta qué hacer con eso que, sabiendo o no qué es, se nos mueve en el alma. El lector sabrá, como ese fósil de uno de sus poemas que, "cuando regrese al paraíso, lo hará, / todo él arrastrando su piedra".
La rama rota se ordena, en su dinámica poética, al modo de los sistemas no lineales: su movimiento no es previsible, no es sólo resultado de la suma de sus partes, sino de un cambio o evolución de estado en un tiempo y espacio determinados. Así su estructura en "dos niveles o planos distintos": de un lado la pieza formada por la sucesión natural de los poemas, del otro la aparición discontinua de un poema que se intercala sin orden aparente en el fluir del libro. A la tela que se define y teje como fondo seguro del libro, se le agrega un bordado, un "pespunte" capaz de crear un nuevo diseño sobre su superficie. Surgen propiedades nuevas que no pueden explicarse a partir de las de los elementos aislados, que se unen para formar un único objeto cuyo origen es visible.
El libro no oculta las juntu
ras, las paradójicas ideas que lo conforman. Al contrario, las resalta como cicatrices visibles: "Lo real existe en la juntura, en la línea / cabal que lo circunscribe y anima", en un plano donde, "sobre él, en fuga, somos sólo relieve". Al lado de su núcleo argumental se circunscribe otro asociativo: el tiempo y el lugar de la emoción y la memoria, el nombre de las cosas, la experiencia de los sentidos, el poder del amor frente a la muerte, y contenida en todos ellos, una reflexión sobre la escritura: "La embelesada letra armó todo el cortejo. / No fue el amor lo que te alejó tanto, / el viaje audaz lo emprendió la grafía". Si la escritura lineal trata de borrar las costuras, presentar un resultado homogéneo y lógico, La rama rota, sin embargo, es otra cosa: "Lo invisible y lo de arriba sirven a lo visible; lo que no está / a lo que está y el cielo nada dice pero se llena de signos. / En ellos leemos, criaturas simples que ven donde no se ve".
La vida azarosa, ese ir de un momento o un lugar al otro, obliga al lector a coser su propia tela, a "imaginar el rastro", el zumbido de "la escucha sin escucha". Un entramado de recuerdos, voces y pensamientos, retazos bordados con un hilo brillante que deja distinguir el derecho y el revés de su labor, indicador de un trabajo poético que destaca por su excepcional coherencia y originalidad. Frente al caos, la necesidad de asumir el horizonte abierto de lo que no encontraría lazo ni hilo en ningún otro sistema. El resultado es "un reino de formas disueltas" que no agota el paisaje, pero sí pinta un espléndido cuadro sobre la aparente totalidad del mundo y su imposible certeza: "savia volátil en el aire". La escritura al filo, pero lograda.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007