En Arizona, un misil en un silo bajo tierra sobrecoge a los visitantes. En Nuevo México, donde se inventó la bomba atómica, visita a un museo. Y en Nevada, un campo de pruebas que parece la Luna.
Resulta extraña la sensación reconfortante que produce el contemplar un misil balístico intercontinental de 30 metros de altura desde el fondo de un silo enterrado en el desierto de Arizona.
Un misil como éste -la pieza principal del Titan Missile Museum de Sahuarita, unos 32 kilómetros al sur de Tucson- tuvo el potencial de poder ser disparado en sólo 56 segundos y haber lanzado una cabeza nuclear en la Unión Soviética, arrasando ciudades enteras.
No es como para celebrarlo. El Apocalipsis no es un panorama agradable. Y la sensación tranquilizadora al ver un Titan II viene de saber que nunca se utilizó.
En plena guerra fría -de los años sesenta a mediados de los ochenta-, los 54 complejos subterráneos del Titan II, con sus puertas a prueba de explosiones, su consola de lanzamiento y sus espartanas dependencias para el personal, todo ello conservado en el Titan Missile Museum, formaban parte del programa estadounidense de disuasión nuclear, en alerta permanente para mantener a raya los impulsos agresivos de la Unión Soviética.
En el Titan Museum se pueden ver cosas que hasta hace poco figuraban entre los secretos mejor guardados de Estados Unidos. Chuck Penson, archivero del museo, y cuya larga cabellera le hace parecer cualquier cosa menos un militar, ejerce de guía en prolongadas visitas "de arriba abajo" por el silo del Titan (también se ofrecen recorridos más cortos). Chuck les mostrará hasta el último detalle, incluida la caja fuerte en la que se guardaban los códigos de lanzamiento que pudieron haber desencadenado la III Guerra Mundial.
En otro Estado del suroeste, Nuevo México, la ciudad de Albuquerque es un buen lugar para iniciarse en la era atómica. Alberga el National Atomic Museum, propiedad del Departamento de Energía, el organismo que supervisa el programa de armas nucleares.
Miles de cabezas atómicas
El museo ofrece exposiciones sobre temas como la radiación y los residuos nucleares y una explicación detallada sobre el Proyecto Manhattan, que desarrolló la primera bomba atómica. Pero en su mayor parte está dedicado al arsenal nuclear moderno (que, a pesar del fin de la guerra fría, todavía incluye miles de cabezas nucleares).
El Campo de Pruebas de Nevada, donde se experimentó con bombas nucleares desde 1951 hasta 1992, está situado sobre 3.640 kilómetros cuadrados de lagos secos y montañas, unos 100 kilómetros al noroeste de Las Vegas. Aunque todavía se realizan trabajos secretos en el lugar (incluso ensayos para garantizar que las armas siguen siendo seguras a medida que envejecen), ahora las zonas históricas se abren una vez al mes para las visitas gratuitas en autobús, de todo un día; un intento por parte del Departamento de Energía de "educar a los ciudadanos sobre lo que realmente ocurrió allí", dice Roger Staley, que trabajó en el campo de pruebas durante 32 años como físico médico. Staley habla desde la parte delantera de un autobús turístico, haciendo de guía. Les dice a sus pasajeros que no hay riesgo de radiación. "Bajo el suelo ya es otro asunto", añade. Una vez superado un puesto de control de seguridad, el autobús serpentea colina arriba, pasa junto a grandes señales que indican "Peligro de radiaciones" y se dirige hacia Frenchman Flat, donde se realizaron las primeras pruebas en la superficie (de un total de 100). Como todos los ensayos que se llevaron a cabo allí, tenían dos objetivos: desarrollar armas y determinar sus efectos sobre la vida y la propiedad.
El dinero en caso de ataque
Estábamos rodeados de indicios del segundo objetivo. Mientras el autobús se dirigía hacia el lugar en el que se produjo una explosión de 37 kilotones en 1957, pasó frente a los restos destrozados de varios refugios hechos de aluminio. No muy lejos había una cámara acorazada que se había hecho estallar en un experimento para comprobar si el dinero y los documentos de valor podían sobrevivir a una guerra nuclear. Se veían gigantescas vigas de hierro retorcidas, grandes postes para probar el cristal de las ventanas y refugios de cemento que parecían relativamente intactos.
Luego estaban las pocilgas, en las que cerdos vivos ataviados con vestimenta protectora eran expuestos a explosiones y examinados para ver cómo funcionaba la ropa.
Nada fue más espeluznante que los restos del Proyecto Apple 2, una explosión llevada a cabo en 1955 y diseñada para probar defensas civiles. Para el ensayo se construyeron algunas zonas de una pequeña ciudad, con tiendas, coches y casas que incluían neveras con comida y maniquíes vestidos. Desde entonces, buena parte de los escombros de la prueba han sido retirados, pero queda una casa de dos plantas a unos dos kilómetros de la zona cero. Había sido castigada por el clima, le faltaban las ventanas y la chimenea estaba separada de sus cimientos, pero por lo demás parecía normal: un edificio más abandonado, cociéndose al sol de Nevada.
Un tratado internacional prohibió las pruebas nucleares atmosféricas en 1963; desde entonces, hasta 1992, el lugar fue el escenario de más de 825 pruebas subterráneas, la mayoría de las cuales dejaron cráteres en la superficie.
El campo de pruebas está tan salpicado de cráteres que desde algunas posiciones puede parecer que se está en la Luna. De hecho, el autobús se adentró en uno de ellos, Bilby, creado en 1963 por la detonación de una bomba de 249 kilotones enterrada varios miles de metros bajo el suelo.
Sin embargo, en lo que a cráteres se refiere, ninguno está a la altura de Sedan, situado en el extremo noreste del campo de pruebas. El ensayo Sedan, realizado en 1962, formaba parte de la Operación Plowshare, un programa para ver si las bombas nucleares podían utilizarse con fines pacíficos; en este caso, para crear puertos o canales. Una bomba de hidrógeno de 104 kilotones dejó un cráter de 96 metros de profundidad y unos 400 metros de ancho, un magnífico y enorme espacio que puede verse desde una plataforma situada en su margen.
© The New York Times
GUÍA PRÁCTICA
Para recorrer el suroeste de Estados Unidos en busca de la historia atómica, empiece en Albuquerque, en el National Atomic Museum (00 1505 245 21 37; www.atomicmuseum.com; entrada, unos cuatro euros; abierto de 9.00 a 17.00). Está prevista la inauguración de otro museo para finales de 2008, así que por ahora se encuentra en una sede temporal, justo al norte del Old Town, el barrio histórico de Albuquerque, con edificios de adobe de 300 años de antigüedad y muchas tiendas para los miembros de la familia que no estén interesados en el armamento nuclear.El Campo de Trinidad, donde se detonó la primera bomba atómica en julio de 1945, se encuentra unos 180 kilómetros al sureste de Albuquerque y está abierto al público sólo dos veces al año, los primeros sábados de abril y octubre. No es necesario hacer reservas (00 1505 678 11 34, www.wsmr.army.mil/pao/TrinitySite/trinst.htm). Unos 32 kilómetros al sur de Tuscon, en Sahuarita (Arizona), está el Titan Missile Museum (00 1520 625 77 36, o haga click en Titan en la parte superior de www.pimaair.org). La entrada cuesta 6,50 euros e incluye una visita guiada de una hora y un cortometraje sobre la historia del Titan II. La visita The Top to Bottom (de arriba abajo), que se ofrece aproximadamente una vez al mespor 54 euros, puede durar hasta cinco horas.La National Nuclear Security Administration, que forma parte del Departamento de Energía, ofrece visitas gratuitas en autobús al Campo de Pruebas de Nevada (00 1702 295 09 44, www.nv.doe.gov/nts). Es necesario apuntarse por adelantado rellenando un "formulario de acreditación" disponible en la página web, y se recomienda solicitar dos fechas. Los estadounidenses necesitan un carné con fotografía, y los ciudadanos extranjeros deben presentar el pasaporte y esperar 45 días para la aprobación. No se permite la entrada a niños menores de 14 años.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007