Como hace un día raro y en la tele no echan nada que valga la pena, me voy a probar bancos de la calle. Lo más interesante de los bancos barceloneses no es su forma, ni sus medidas. Lo más interesante es ver hacia dónde miran. Pocas veces están encarados hacia la calzada. Al contrario. Suelen estar de espaldas a ella. Como la mayoría son individuales y de brazos, sentarse en un banco es, sobre todo, sentarse delante de un comercio y ver si prospera.
Pero, antes, voy a comprar una cinta métrica en el Basar Abundant, un comercio regentado por ciudadanos chinos que han tenido el detalle de rotular en catalán. Es de la marca Wurko (homologada por la Comunidad Europea), alcanza los dos metros y cuesta 1,20 euros. Cuando salgo, detecto que los del Abundant también sufren espionaje industrial. Reconozco al dueño del bazar paquistaní de la competencia, situado unos metros más abajo. El hombre ha echado un vistazo a los artículos del Abundant y, ahora, ya en la calle, parado frente a la charcutería, habla por el teléfono móvil con un proveedor. Pero no se pone el auricular en la oreja, sino frente a la boca, como si el teléfono fuese un walky-talky. Supongo que estará haciendo una videollamada. Dice: "¿Me has traído las cosas? ¿El conjunto de Víctor Valdés también?". Y oigo perfectamente cómo el del otro lado del auricular (no creo que se pueda decir al otro lado del hilo telefónico) le contesta: "Sí, sí. Esta noche los tienes". Y el otro pregunta: "Pero pone el nombre de Víctor Valdés en la espalda, ¿no?". Y como el interlocutor le contesta que sí, añade: "Y de Messi también quiero. ¿Dónde estarás? ¿En el mercado?".
Camino hasta la esquina de la calle de Borrell con Mallorca. Allí hay unos bancos interesantes en cada lado de la acera. Empiezo por los de la acera del lado de Besòs. Hay un banco largo que mira directamente a la puerta del supermercado Keisy. Me siento al lado de un señor y de un perro que no forman una unidad familiar. El perro está atado y espera impaciente a que su dueño salga de la compra. El señor está suelto y espera, con cara de asco, a su -diría- señora. Al cabo de un rato me dice: "Cada día tarda más". Le doy la razón y eso le da pie al hombre para hacerle una caricia al chucho y decirle: "Qué cariñosote eres...". Al cabo de unos minutos sale la dueña del perro y la alegría del can es indescriptible. Mirar la puerta del supermercado desde este cómodo banco es muy entretenido, porque ves entrar y salir a los compradores. Las parejas jóvenes, en general, salen con alegría. Se nota que lo pasan bien comprando comida. Veo salir a un pintor con una barra de pan y algo en una bolsa, que no distingo. La esposa del señor impaciente sale sin decir nada y le hace entrega del carro. Me duele decirles que el señor se muestra mucho menos alegre que el perro, cosa que no dice nada en contra del señor ni de su mujer, ni siquiera del perro. Seguramente éste, cada vez que su dueña va al supermercado a comprarle el pienso, cree que ha sido abandonado para siempre.
En el otro lado de la calle la vista también es maravillosa. Los bancos están encarados hacia el Centre Assistencial de Sant Josep de la Muntanya. Pudiendo ver el Centre Assistencial de Sant Josep de la Muntanya, ¿quién quiere ver más? Me siento en uno de los bancos individuales. Miden 49 centímetros de ancho y, como tienen brazos, supongo que según qué trasero humano no cabe. El niño asturiano con sobrepeso que estos días sale en la prensa, por ejemplo, es uno de los que no se podrían sentar allí. Entre banco individual y banco individual hay 70 centímetros, de manera que tampoco es que propicien las conversaciones íntimas. Me levanto justo cuando en el banco de al lado se sienta un trabajador de la empresa Unipost, que reparte correo, y sigo hacia abajo. Me encuentro con otro banco. Éste está encarado hacia el comercio de bolsos y chándales Moda Hongda. Desde allí domino perfectamente el escaparate. Y puedo decir que el establecimiento funciona. En los 10 o 15 minutos que lo observo, tres señoras compran bolsos y zapatos.
Pero me dejo para el final mis bancos preferidos. Uno de ellos está en la confluencia de las calles de Aragón con Muntaner. Ese banco mira hacia el escaparate de una peluquería moderna y sentarse allí es mucho mejor que ver la tele. Como siempre pasa en los barrios, por muy modernas que sean las peluquerías, por mucho suelo de cemento pulido que tengan y lámparas de los años cincuenta, se siguen llenando de ancianas que van a teñirse o a lavarse el pelo y hacerse la permanente. Las ves entrar y sentarse en las butacas de diseño. Los peluqueros no les pueden hacer estudios de imagen personalizados, pero, en cambio, les ponen el plis. Pasa el rato y ves cómo las señoras con el tinte pasan a lavar, cómo las manicuras se secan y cómo los bigotes desaparecen. Y si lo que quieres es otro tipo de distracción, siempre puedes acercarte hasta el banco individual de la Ronda de Sant Pau con Marqués de Campo Sagrado. Ese banco da justo a la puerta de un estanco y ver cómo los fumadores entran y salen haría las delicias de Paul Auster. Yo sólo espero que el Ayuntamiento ponga bancos mirando a los muchos locales de alterne que tenemos en Barcelona.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2007