El Ejército argelino les propinó duros golpes, sin llegar a derrotarles del todo, y el presidente, Abdelaziz Buteflika, se imaginó que podía acabar con la contienda civil promoviendo la reconciliación nacional con los islamistas radicales, a los que ofreció el perdón a cambio de la renuncia a la violencia. Su política no ha dado los frutos esperados. "Discretamente el poder argelino despierta de la ilusión pacificadora que supuso la reconciliación nacional", escribe el diario Liberté de Argel.
Ante el auge de la violencia, el régimen vuelve a la mano dura. Las cifras lo demuestran. El balance de muertos del terrorismo en el primer trimestre oscila entre 84 y 89, más de la mitad en marzo, según estimaciones de la prensa. Los primeros días de este mes también han sido harto violentos. En total, el número de víctimas mortales rebasa ya el centenar desde principios de año.
Los balances oficiosos se basan en los escasos datos sobre bajas suministrados por las autoridades. En círculos diplomáticos se pone en duda su fiabilidad porque, se sospecha, tienden a olvidarse de algunos de los caídos en las filas de las fuerzas de seguridad.
A las autoridades argelinas les cuesta aún reconocer el fracaso de su política de mano tendida. "Estos atentados son la demostración de que los terroristas tienen problemas", declaraba hace un mes Nuredin Yazid Zerhuni, ministro del Interior, al comentar una serie de explosiones provocadas por el Grupo Salafista de Predicación y Combate (GSPC), ahora rebautizado Al Qaeda del Magreb Islámico.
"Sea o no aliado de Al Qaeda, es un movimiento que no supone una amenaza importante", recalcaba, despectivo, Daho Ould Kablia, número dos de Interior. Es "un fenómeno del todo controlado", concluía ufano.
Carta por la Paz
El terrorismo no tiene, desde luego, la virulencia que alcanzó a mediados de los noventa, cuando logró enrolar en sus filas a unos 30.000 hombres y cada día perpetraba atentados con decenas de víctimas. La contienda civil causó unos 200.000 muertos en una década.
Pero la violencia radical sí tiene más empuje ahora que hace un par de años, cuando Buteflika empezó a elaborar su Carta por la Paz y la Reconciliación de la que se valió en 2006 para otorgar un generoso perdón a miles de terroristas encarcelados. También obtuvieron su clemencia varias decenas o centenares de muyahidin que, a cambio, entregaron las armas.
Desde que en septiembre se declararon "vasallos" de Al Qaeda, los salafistas argelinos han echado el resto para demostrar que se merecen ese apelativo, incrementando sus ataques, introduciéndose brevemente de nuevo en Argel y golpeando en dos ocasiones a intereses extranjeros.
La reacción del poder ha sido cuádruple. Ejército y gendarmería han vuelto, como en los viejos tiempos, a cercar y bombardear con artillería y helicópteros zonas montañosas como, por ejemplo, el macizo de Amizour, en cuyas grutas se habrían replegado 150 combatientes salafistas, según el diario El Khabar.
Fue allí donde cayó, hace tres años, Nabil Saharaui, entonces máximo jefe del GSPC. Es allí también donde han perdido la vida ahora entre 15 y 20 terroristas, según algunas versiones. Un comunicado de los salafistas reconoce que uno de sus emires, Soheb Abu Abderramán, se ha añadido a la lista de los mártires.
Sitiada por miles de soldados y de miembros de los Grupos de Legítima Defensa (paramilitares), la zona es inaccesible. Las dos carreteras nacionales que la cruzan están cortadas desde hace 10 días. Los periodistas argelinos se ven obligados a narrar la ofensiva inspirándose en los relatos de los lugareños, que les describen por teléfono el "diluvio de fuego" que cae sobre Amizour.
La policía argelina, por su parte, está esforzándose con mayor ahínco que antes en cortar las fuentes de financiación del terrorismo. Cincuenta agentes están recibiendo una formación especializada, según reveló Alí Tounsi, director general de la Policía. Deberán rastrear si el contrabando, el chantaje a personas adineradas o el blanqueo contribuyen a la subsistencia de las huestes radicales.
Algo aletargados en los últimos meses, los tribunales de Argel, Boumerdes, Bejaia, Constantina, Batna, etcétera trabajan ahora a destajo pronunciando condenadas a muerte o cadenas perpetuas contra acusados que están, casi siempre, en rebeldía.
Entre los 37 terroristas condenados en marzo a la pena capital figuran dos nombres emblemáticos, Hassan Hatab, fundador hace 10 años del GSPC, y Mojtar Belmojtar, que fue el jefe terrorista de la región del sur de Argelia.
Advertencia judicial
Con estos juicios masivos y que gozan de cierta publicidad, las autoridades advierten a los centenares de terroristas aún activos y a aquellos que fueron excarcelados y tienen la tentación de volver a la lucha armada -varias decenas ya lo habrían hecho-, de que la era de la indulgencia tocó a su fin. A partir de ahora, todo el peso de la ley caerá sobre ellos.
Una última medida antiterrorista anunciada en Argel es más bien preventiva. El Ministerio del Interior quiere de nuevo blindar Argel, el espejo del país. La capital estuvo preservada del terrorismo hasta el otoño pasado, cuando fueron de nuevo colocados coches bomba ante dos comisarías. Alí Tounsi lo prometió ante la prensa: la ciudad "será totalmente segura antes de fin de año". Para lograrlo proyecta colocar en sus calles a unos 5.000 policías adicionales.
Sólo el lenguaje de los dirigentes argelinos, ensalzando aún la reconciliación y restando importancia al resurgir de la violencia, permanece alejado de la realidad sobre el terreno.
En el mensaje que envió, a finales de marzo, a su homólogo tunecino, Ben Alí, el presidente argelino volvió, sin embargo, a emplear palabras contundentes que habían caído algo en desuso en su boca. Hay que "extirpar el terrorismo", recalcó en el telegrama de felicitación que le mandó con motivo de la fiesta nacional de Túnez.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2007