Entre persistir en el localismo y condenarse a la mediocridad o establecer mecanismos de elección que incorporen académicos de prestigio de fuera de las propias universidades o de otros países, nuestras autoridades elegirán de forma mayoritaria la primera opción.
Un cuarto de siglo acredita ya la solidez de esta práctica.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2007